Tenía pensado escribir un post larguísimo y super inteligente acerca de Dany le Rouge y como hoy en día hasta la contracultura es partícipe del gran engaño colectivo que es la sociedad de consumo. La verdad, el tema es bastante guay, y a pesar de que conozco bastante poco sobre ello, Mayo del 68 es un periodo que tengo bastante idealizado. Al fin y al cabo creo que no hay mayor verdad que aquello de que para no morir de hambre vamos a morir de aburrimiento. Yo no, claro, yo no me aburro, pero la mayoría de la gente sí. Aunque no lo sabe.

Fig. 1 — Como se puede observar, uno de los aspectos más interesantes de Mayo del 68 es que ser antisistema no estaba reñido con la higiene ni con la estética.
Luego me he pasado toda la tarde con mi hermana viendo Doctor Who, que es una serie muy buena. Qué país la Gran Bretaña, qué televisión la BBC, y qué ficción la británica. La verdad es que nos dan sopas con honda. Y eso que en España por lo menos hay ficción televisiva: en Italia lo único que ponen a todas horas es a un señor centenario rodeado de muchachas en bikini. Uno cree que está viendo la refrescante gala del sábado por la noche y resulta que es el telediario de las ocho. En la refrescante gala las chicas no llevan parte de arriba.

Fig. 2 — En la imagen la presentadora de la tertulia política de la mañana en RAI 1.
En Francia, en la televisión francesa, se da el problema que se da con los franceses. Tienen que estar todo el tiempo demostrando lo sesudísimos que son, lo enterados que están de todo y lo avanzada que es su política social. La conclusión es que todos los programas de la televisión francesa consisten también en un señor centenario, en este caso rodeado de otros señores centenarios que se mesan los bigotes y las barbas a la par que arreglan el mundo en dos patadas. Lo que pasa es que no les hacen caso, a los señores centenarios. O si no, el Gran Prix, que allí se llama Intervilles y que no lo presenta Ramón García, pero casi.

Fig. 3 — Se hace evidente que la comparación entre Intervilles y el Gran Prix es de todo punto exagerada. La versión francesa es mucho más elegante e intelectual.
La televisión alemana es un mundo aparte. Los alemanes son como esa señora de tropecientos años que sigue diciendo «nosotros los jóvenes» y que no acaba de darse cuenta de que su tiempo ya pasó. No me refiero a Ramoncín, hablo en general. Pues eso, los alemanes están despistados. Quieren ser guays. Pero son los empollones. Los italianos, los franceses y en menor medida los españoles ocupan el puesto de guaperas de la clase en la Unión. Los países escandinavos son la chica guapa y estirada que saca buenas notas pero no se habla con el resto de la clase. Los británicos son el payaso de la clase: no sacan las mejores notas, pero son los más graciosos. El pelotón lo conforman esos países pequeños y fríos que uno no sabe si son o no son. Y alemania es el empollón lleno de granos. Saca las mejores notas, y todos hablan con ella para pedirle los apuntes, pero cuando se pone a bailar hay que mirar para el otro lado. La televisión alemana es así. Intenta ser guay, ser muy MTV, muy sensacional todo, muy dinámico. Pero no es guay. No es nada guay. Y encima el idioma, que gracias a la población judía de Nueva York se ha convertido en un chiste —lea una palabra al azar de un diccionario de alemán y trate de evitar imaginarse a Woody Allen haciendo un chiste con ella—, no ayuda lo más mínimo.

Fig. 4 — «Schadenfreude alexanderplatz. Französich freundschaft schnitzel blitzkrieg schutzstaffel schloß».
No hay en Europa —¡en el mundo!— una televisión como la BBC. Incluso la comedia costumbrista (Are you being served?, Fawlty Towers) les sale mejor que a los demás. Cierto es que RTVE tiene una fábrica de ficción que ha tenido momentos muy lúcidos, principalmente en adaptaciones de escritores insoportables decimonónicos, pero siendo realistas, Plutón BRB Nero quisiera ser El Enano Rojo y no lo es. Pero hay que ser justos: no les ha tocado la belleza, ni la cocina, ni el clima, ni el poderío económico. Si encima se tuvieran que tragar la televisión del resto de Europa, hace tiempo que habrían emigrado.
Lo de Dany le Rouge terminaba con un alegato revolucionario que rápidamente se transformaba, merced a mi nihilismo político pesimista, en un canto a la resignación. Hemos perdido, hace mucho que perdimos. Ahora solo queda esperar. Y ver series británicas.
Durante mi adolescencia yo tuve una fase —muchas fases, lo reconozco, pero ahora me refiero a una concreta— en la que estaba un poco obsesionado con el tema de la vida extraterrestre. No de una forma desequilibrada en plan gorrito de papel de plata y la verdad está ahí fuera, sino de una forma más científica. Proyecto SETI, esas cosas. Como todo el mundo que haya tenido una fase semejante sabrá —¿alguien más habrá tenido una fase semejante?, porque lo dudo— el libro de cabecera de cualquier adolescente obsesionado con la búsqueda de inteligencia extraterrestre es Contact, de Carl Sagan.

Fig 1.— «Hola, ¿están los marcianos? Que se pongan.»
Aparte de ser de una densidad tremenda —a su lado la película es entretenida— el libro está lleno de datos y conceptos aquí y allá, unos son demostrados, otros probables y otros completamente inventados. Una de las ideas que a mí más me interesaron es que, buscando en los decimales de ? (3,14159…) la protagonista acaba encontrando una secuencia de ceros y unos que, entendidos como un mapa de bits (0=negro, 1=blanco) formaban un dibujo de un círculo inscrito en un cuadrado. Más o menos era eso lo que pasaba, no me acabo de acordar bien. El caso es que la idea que te vendía Carl Sagan es que ese dibujito era como una firma de Dios en su Creación. Que cuando Dios estaba creando el mundo dijo, «y hágase π, y sea irracional, y hállese en sus decimales un círculo inscrito en un cuadrado. Razone su respuesta.» A mi la idea me fascinaba, ¡un mensaje oculto en un número, en un número que está entretejido con la esencia misma del Universo, la Existencia y Todo como π! Un Dios que hiciera eso sería un Dios superguay. Y evidentemente, mi siguiente pensamiento fue, ¿lo habrá buscado alguien?

Fig 2.— Echando la vista atrás, como firma para un ser omnipotente esto es bastante poco impresionante. Tirando a nada.
Ahora es cuando conviene explicar: no soy tonto. No soy tonto para nada, pero cierto es que de siempre me he sentido más llamado por las letras que por los números. No quiere decir eso que me cueste comprender los conceptos matemáticos, y probablemente muchos los comprenda antes que otra mucha gente, pero simplemente me refiero a que no tengo la feliz idea. Ante una afirmación matemática mi primera reacción, no es cuestionarla. Gravísimo error. Resulta que π es irracional. Los números irracionales tienen infinitos decimales. En infinitos decimales se puede encontrar cualquier secuencia de números dada, en cualquier base, solo hay que tener la paciencia suficiente. En los decimales de π no sólo se encuentra un círculo inscrito en un cuadrado, sino también un cuadrado inscrito en un círculo, un unicornio que corretea por los Campos Elíseos y «Lo Que El Viento Se Llevó» en estéreo y lengua bantú. De esto no he sido consciente hasta hoy. He tardado unos catorce años en comprender que es trampa. Que cualquier cosa, cualquier mensaje que se nos ocurra, está codificado en π. Tu número de teléfono, el Quijote de la Mancha, el examen de literatura de selectividad que suspendió tu novio. π es la biblioteca de Babel.
Precisamente ese es otro concepto que desde pequeño me ha parecido extremadamente guay: la biblioteca de Babel. La Biblioteca de Babel es un cuento de Borges que trata sobre una biblioteca infinita que tiene todos los libros posibles. Ojo, no todos los libros existentes, sino todos los posibles. Quiere decir que, por ejemplo, habrá una copia del Quijote, pero también habrá otra en cuya portada ponga La Regenta, y otra que será idéntica a esta última pero con todos los puntos sustituídos por signos de exclamación. Si seguimos con la idea llegamos a la conclusión de que deberíamos encontrar gramáticas de todas las lenguas que hayan existido y de las que no, diccionarios portugués-klingon, libros de cocina con recetas de zapatos. Pero el problema es que la mayoría de los libros no servirían para nada. Serían solo tochos de páginas en blanco, secuencias interminables de garabatos sin sentido. El infinito es infinito para todo.
Sí, hay mensajes ocultos en π, y nadie tendrá nunca tiempo de leerlos todos. La mayoría de ellos no tendrán sentido para nosotros —quizá lo tengan para una inteligencia extraterrestre de la otra punta de la galaxia— y casi todos los que sí lo tendrían dormirán para siempre sin que nadie los encuentre. Y eso sí que parece la firma de Dios: implacable, infinito, irracional.
Dios tiene un sentido del humor muy cruel. Hoy me ha contado un chiste y no le he encontrado la gracia por ninguna parte. Tenía una cierta poesía irónica, pero gracia ninguna. Él, en Su inconmensurable inteligencia, seguramente esté tirado por el suelo de la risa. Una de las cosas malas de ser omnipotente es que nadie te entiende.
Por otra parte, hasta el día de hoy desconocía por completo que Roald Dahl había sido espía.
Hay muchas cosas que no he contado. Por ejemplo, no he contado que hace un par de semanas mi coche hizo *puf* y dejó de funcionar. Para siempre. Ya no tengo coche. Afortunadamente mis padres querían cambiar de coche, así que he heredado un fantástico Renault Clio blanco que gasta la mitad de gasolina que el coche antiguo y no me cuesta 1.200 euros cada vez que paso a menos de cien metros de un taller. Desafortunadamente, el equipo de música del Clio tiene sus idiosincrasias, y una de ellas es que los adaptadores para iPod que fingen ser una cinta de cassette no le engañan. Él sabe que no es una cinta. Así que no la reproduce. He quedado a merced de las radiofórmulas.
Cualquier alma ingeniosa me dirá «pero, ¡no!, hay cientos de emisoras con interesantísimas propuestas culturales, mil veces preferibles a cualquier radiofórmula». Esto es un terrible error. Lo primero es que yo no quiero que de la radio salga cultura, quiero que salga música. Mi primera tendencia, como buen esnob ridículo, fue poner Radio 3. Craso error. Salió un tipo hablando con un tono medio solemne medio retrasado, una especie de discursito de palabras largas y redichas sin la más mínima gracia -usar can en lugar de perro en prosa debería estar penado con la muerte- y con un fondo de indietrónica pedorra típica de «no, es que nosotros somos unos intelectuales» que daba escalofríos. Luego repasé los presets que tenía puestos mi padre. Radio Marca e Intereconomía fueron sumariamente descartados sin derecho a juicio. Kiss FM y Onda Melodía tuvieron una oportunidad, pero tan pronto como salió de sus entrañas ponzoñosas la rasgada voz de Bryan Adams me invadieron las convulsiones y empecé a echar espuma por la boca. Ahí supe que mi destino estaba escrito. Lentamente mis dedos se posaron sobre el dial y lo manipularon hasta que en la pantalla pude ver el número de la bestia: 93.9. Los 40 Principales.

Fig. 1 - El oyente promedio de los 40 principales no es capaz de recordar ni su propio nombre durante más de siete segundos.
Se conoce que el oyente promedio de los 40 Principales carece de memoria a corto plazo y es incapaz de recordar la cadena que ha sintonizado él mismo. Cada dos o tres segundos unas voces berrean al ritmo de unos acordes estridentes y optimistas que estás oyendo Los 40 Principales, y por si acaso no sabes lo que es eso aclaran que es «La Radio de los Éxitos». Entonces ponen una canción, que, como todos hemos podido sospechar, es un Éxito. Las canciones oscilan entre lo soso y lo criminal, con algunos breves espejismos de brillantez pop -pop en el sentido comercial-, interrumpidas constantemente por la cháchara insoportable de algún débil mental al que le pagan más que a mí. Me ha hecho pensar y he llegado a las siguientes conclusiones:
Así que la tontería del cambio de coche tendrá dos consecuencias en mi vida: conoceré los éxitos que nos gustan a Los Jóvenes™ y escucharé menos música que me gusta.
O, woe is me.
Postdata: Este post lleva escrito desde el jueves por la tarde, pero he estado teniendo problemas con el hosting. No se han quedado guardados los comentarios, no se podía tocar nada… Como si lo que ha ocurrido entre el jueves y hoy no hubiese ocurrido nunca. Yeah, right.
1. N del A: Como bien es sabido por todos, Turquía se considerará parte de Europa o no según le convenga al hablante.
Ya sé que me repito, pero Espanto son lo mejor que le ha pasado al pop de este país en muchísimo, muchísimo tiempo. Cometí el tremendo error de predicar un poco con ellos utilizando el split CD-R con Anntona. No se me entienda mal, el split es brillante, pero quizá como primer plato sea un poco chocante. Más que Cantando en tu siesta, su primer CD-R, que es una apoteosis del buen gusto, el lirismo y el costumbrismo. Como si un científico loco hubiera cogido a Carlos Berlanga, las Vainica y Le Mans y hubiera hecho experimentos genéticos con ellos.

Fig. 1 — Nikola nos muestra su elegante traje de tres piezas y su mirada más pícara.
Hablando de científicos locos, la semana pasada V. y yo fuimos a una exposición de Nikola Tesla que se suponía que había en la ETSII. La exposición, hagamos honor a la verdad, estar estaba. Pero vamos a ver, señores, por favor, Nikola Tesla es un señor que fabricó un rayo de la muerte. Inventó un montón de cosas supercuerdas y superútiles, y un rayo de la muerte. Si esto fuera el doblaje español de una peli americana diría un jodido rayo de la muerte. Afortunadamente no lo es. La presunta exposición eran unos paneles. Unos paneles en el vestíbulo de la puñetera ETSII, y dos cositas, unas porquerías y una bobina de Tesla que ni siquiera funcionaba. ¡Por el amor de Dios! Si yo hiciera un rayo de la muerte, lo último que querría que recordasen de mí sería una bobina. Por espectacular que fuera—y la bobina de Tesla es bastante espectacular. Encima, me documento un poco —aka, lo miro en la Wikipedia— y veo que las imágenes que ponían en los dichosos cuatro paneles eran sacadas de la Wikipedia. Menos mal que era gratis.

Fig. 2 — «La bobina Tesla se puede utilizar mientras hace las tareas domésticas, lee un libro o una revista o vé la televisión. Cuando termine, bastará con plegarla y guardarla en cualquier parte».
Os conmino a documentaros mucho sobre Tesla —es decir, a leer con detemiento el artículo de la Wikipedia— porque es una auténtica vida ejemplar. No sé si he comentado que hizo un rayo de la muerte. Y escuchad el primer CDR de Espanto, que podéis descargar de aquí. De hecho, haced ambas cosas a la vez, porque me parece misteriosa e intranquilizadoramente apropiado.
Ya el día menos pensado os cuento el sueño en el que corría por la corredera baja gritando «cago na cona» que es para mear y no echar gota.
Cuando las cosas te gustan de verdad —y quiero decir de verdad— no basta con disfrutarlas. Hay que recrearse en ellas, regocijarse en los detalles; hay que leerse hasta el copyright de los discos, ver todos los extras de los DVD, buscar en la wikipedia detalles sobre la vida del autor de un libro, encontrar en la Bahía Pirata el episodio especial en beneficio de los enfermos de silicosis que salió en la TV regional de Laponia en 1977. Esa es una habilidad que es natural cuando uno tiene unos quince años: con quince años el ser humano —el hombre, más concretamente— está en la cumbre de su pajillerismo, tanto literal como figurado. Luego se va madurando, y dejamos esa minuciosidad en el examen solo para las cosas que nos gustan especialmente. Un requisito fundamental para que se pueda hacer este examen obsesivo-compulsivo de cualquier cosa es que la cosa en sí, el objeto de la pasión, sea fetichible.

Fig. 1 — Hay una razón por la que se llama «el disco blanco». Es porque es blanco.
Tendría unos 17 o 18 años cuando me regalaron una edición especial del disco blanco de los Beatles que iba en CD, pero era una reproducción a escala del original en vinilo. En lugar del clásico jewel-case iba cada cd metido en una fundita de papel —como los vinilos— que a su vez se metía en una funda rígida de cartón —como los vinilos— que tenía un relieve en la superficie con el nombre del grupo—igual que la edición en vinilo. Bueno, eso es un fetichible. Cuando el disco tiene un diseño bonito, un librito con letras, unas fotos, unos elementos que se puedan tocar, acariciar y respirar, el disco es fetichible. Cuando el DVD tiene algún extra aparte del trailer original de cine y selección de escenas —que por cierto, categorizar la selección de escenas como un extra debería estar prohibido y ser inconstitucional—, aunque sea una entrevista con una actriz secundaria que se repone de su esquizofrenia viviendo bajo el porche de Margot Kidder. Los fetichibles son lo que hacen que merezca la pena comprarse un disco.

Fig. 2 — Gato disfrazado de Momus. O Momus disfrazado de gato. Gato. Momus. Disfraz.
Yo hace literalmente años que no me compro un disco. No hay fetichible que lo consiga: pagar 18€ para que de esos 18€ el artista se lleve entre 50¢ y nada en absoluto, me niego. No obstante, y lo pienso desde el punto de vista del artista, el disco es muy importante. Es fundamental. Es la coartada. Momus lo expresa mejor que yo:
Well, here I am looking pleased as Punch to have received in the post yesterday not just one but two sets of finished CDs of my new album Joemus: the American and British CDs arrived in the same delivery. It’s always a thrilling moment, but this time there’s the suspicion that it might be the last physical CD I make, because no-one’s buying the damned things any more. I still like the album format, though, as a structure. And you still need a physical object as a sort of alibi for that format — a digital-only release is a bit nebulous and ghostly. Maybe that’s what people will say in future; not “Are you releasing a new album?” but “Are you releasing a new alibi?”
Pues sí. Si yo tuviera un grupo ahora mismo, querría sacar un disco. Y con el diseño más cuidado que nunca, por supuesto, porque el que se lo compra no se lo compra para escucharlo. Comprárselo, en este caso, es un acto de amor. Estamos de acuerdo en que el formato está condenado, pero ¿con qué lo podemos sustituir? El problema del álbum digital es que, aparte de que no es fetichible, ¿por qué razón un álbum debe durar entre 45 y 70 minutos? Una vez que el álbum es digital, puede durar lo que me de la gana a mi. Y ya no hay por qué hacer dos volúmenes, ni discos de catorce canciones, ni ordenarlas siquiera. El álbum digital acabará por destruir todo eso.

Fig. 3 — El tacto de una colección de vinilos es algo que sigue siendo irreproducible, salvo con el cover flow del iTunes y el iPod.
Lo que nos trae de vuelta al principio de la industria musical. En el principio de los tiempos sólo existía el single. Los artistas y grupos grababan dos canciones y ponían uno por la cara A y otro por la cara B. Y eso se vendía. No obstante, y exclusivamente por conveniencia de las disqueras, se empezaron a grabar álbumes, que en un principio consistían en que el artista, además de las dos canciones esas, grababa otras diez o doce malísimas para rellenar cuarenta minutos más, porque así, por un coste marginalmente más elevado, la disquera podía cobrar unas cinco veces más de lo que cobraba por el single. Se llaman economías de escala.
A partir de los años 60, con álbumes como el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles o el Pet Sounds de los Beach Boys, se empezó a concebir el álbum como una unidad, como un todo, no una sucesión de canciones sino un conjunto. El asunto se llevó al absurdo con el rock de los 70 y la pedorrería progresiva: la impenetrable conceptualidad de álbumes como The Wall de Pink Floyd o cualquiera de King Crimson. Discos continuados, sin pausas, como si fueran de la Deutsche Grammophon. Ahí fue cuando el single murió su primera muerte, y empezó a convertirse, poco a poco, en una cosa que solo servía para mandar a las emisoras cuando se hacía promo.

Fig. 4 — A lo largo de la década de los 70 se consideraba que si alguien entendía tu disco habías fracasado como artista.
Pero hete aquí que te hete que llegó la revolución digital, y el álbum murió mucho más que el single, y mucho más rápido. Llegó iTunes todopoderosa y decidió que las canciones debían vivir en libertad, y les puso de precio 99¢, y ya no importaba de qué discos fueran, ni siquiera que fueran del mismo artista. De pronto, el álbum, ese constructo bastardo, hijo de los espúreos intereses económicos de unos cuantos plutócratas y las mentes calenturientas de Emerson Lake and Palmer, era completa y totalmente irrelevante. Y yo no sé que pensar de todo esto, porque por un lado es mucho más legítimo que la canción se tenga que defender sola —nada de decir «el disco está muy bien menos la cuatro que flojea un poco»—, porque entonces las canciones tendrán que ser tal vez menos y un poco mejores.
Pero por otro lado, mi adolescencia nunca habría sido lo mismo sin mis fetichibles.
No puedo evitar partirme de la risa con el anuncio éste que hay de Movistar, de un tipo que gasta mucho. Es que el gran número musical me pierde. Los momentos estos de dueto amoroso en los que la repugnantemente cursi heroína suspira por los besos del asquerosamente correcto héroe, normalmente con muchos planos de la luna reflejándose en el agua —con la muy honrosa excepción de Hopelessly Devoted en Grease porque no tiene nada que ver aunque tenga los susodichos planos—, esos momentos no son lo que mola de los musicales. Por el amor de Dios, si son como videos de Céline Dion y todo el mundo sabe que a nadie le gusta ni le puede gustar Céline Dion. No, lo que realmente gratifica y emociona de los musicales es ese número magnífico, coral, berrendo, ruidoso, que probablemente incluye un momento cancan o semejante y tiene algo que ver con Francia. Me refiero por supuesto a ¡Qué Festín! en La Bella y la Bestia, America en West Side Story, el Can can en Moulin Rouge! o Springtime for Hitler en The Producers.

Fig 1. — Si no hay por lo menos un elefante, no es un número musical como Dios manda.
El gran número musical está muy desprestigiado. Cuando ves un musical solo suele haber uno o dos, y eso cuando hay alguno, porque está como mal visto. Pues estará mal visto, pero eso es lo que va a ver la gente en un musical. Para ver a una pavisosa berreando porque su novio no la quiere, o la quiere pero se ha ido a la guerra, o no la quiere y además se ha ido a la guerra, o la quiere pero se ha ido a la guerra y le han matado, para ver eso uno pone la MTV y en seguida saldrá alguno. A lo mejor hay que cambiar la guerra por da ‘hood pero para el caso es lo mismo, tengo las mismas ganas de ir a los dos sitios. Sin embargo, y perdón porque divago, el gran número musical es algo que no se puede ver en ningún ámbito que no sea la comedia musical o la comedia no musical cuando se pone a parodiar la comedia sí musical.

Fig 2. — Bueno. O marionetas. Elefantes o marionetas.
No entiendo por qué no se ha hecho todavía un musical todo con grandes números musicales espectaculares, con osos en monociclo, fuegos de artificio, cuerpos de baile de miles, cientos, millardos, ¡millones! de bailarines y bailarinas salturreando acompasados como en un apocalipsis del ritmo. Habrá quien diga que es que no se puede hacer. Y yo digo que si Elvis podía cenar bacon con mantequilla de cacahuete, todo es posible, solo hay que ser lo suficientemente rico para realizarlo. Lo más cercano a mi sueño es Avenue Q, que sin ser un musical de estos de fuegos de artificio y grandes efectos especiales es lo suficientemente coral como para que todos los números sean bastante guays. Exceptuando la típica melosona de amor (Fantasies come true), la del planteamiento de la premisa (Purpose), la de la ruptura amorosa (There’s a fine fine line) que es muy melosona también, y la otra que intenta ser educativa (There is life outside your apartment) que es un rollazo; exceptuando esas cuatro, son todas buenísimas. Incluso el solo de Christmas Eve, que formalmente es una power ballad que da grimaldi line, tiene una letra tan ingeniosa y despiporrante que se le perdona el defecto de forma.
En el próximo episodio, los capítulos musicales de las series de televisión, esos grandes olvidados.
En otro tiempo yo vivía en Wisteria Lane. En un bloque como trasplantado de las orillas del Mediterráneo a las primeras estribaciones de la Sierra de Madrid, rodeado por todas partes de cul-de-sacs suburbanos poblados por niños en bicicleta y niñas saltando a la comba y señoras en chándal conspirando para enterrar esa misma noche el cadáver de Merisleysis, su última niñera, en el jardín. También habia un picadero —de caballos— y un puticlub de lujo.

Fig 1. — Mi vecindario en aquella época más feliz.
Hace como un año y pico, harto de la soledad opresora, del abandono, de la distancia y, por encima de todo, de la precariedad económica, decidí dar un paso atrás, volver por donde había venido, y plantarme en casa de mis padres con mis cosas. Con cuatro cosas, en realidad, lo que explica por qué durante el ultimo año siempre voy igual vestido. En un principio solo era por una semana, pero lo que era una semana se convirtió primero en dos, luego en cuatro, luego en cincuenta y dos y debemos ir por la sesenta y contando. Pero yo nunca dejé mi casa con la idea de que la estaba dejando realmente.
Hace poco decidí que no volvería a vivir en esa casa. Wisteria Lane, con sus conspiraciones, sus chándales, sus bicicletas, sus niñas de catorce años en uniforme de colegio del Opus fumándose sus primeros cigarros ocultas tras las pistas de pádel creyendo que nadie las puede ver ignorantes de que desde mi ventana tendría que cerrar los ojos para no verlas, las lumis volviendo al puticlub con sus bolsas de Homeless y Prada —como ya he dicho, el puticlub era de lujo—, pero sobre todas las cosas, con su terrible lejanía de todo aquello que es bueno y es puro, no es para mí.

Fig. 2 — Me dispongo a comenzar la limpieza de una casa que lleva un año y medio vacía, afrontando con optimismo los retos que la vida me plantea.
Así pues, me presento esta mañana en el que fuera mi hogar. La escena es aterradora. Fragmentos de mi antigua vida, de una vida que aún añoro a veces —aunque solo a veces, y no voy a explicar por qué— cubiertos por una capa de polvo y tristeza de dos centímetros. Un centímetro de polvo, un centímetro de tristeza. Pero, ¿tristeza digo? ¡Tristeza la que he sentido cuando he llegado a la cocina y he descubierto que hace meses que saltó el automático y la nevera está apagada! Si, queridos lectores, he abierto la nevera para encontrarme un abismo de putrefacción y repugnancia. Un festival del moho, una celebración de la descomposición, un espectáculo de compostaje en vivo y en directo. Ahora sé cómo se sintió Luke Skywalker cuando tuvo que pasar la noche en las entrañas de un tauntaun1.

Fig. 3 — Mi amiga Jennifer Connelly y yo disfrazado de monstruo cruzamos sobre los Pantanos del Hedor Eterno.
De todas las cosas repugnantes que he visto hoy la peor es una que es culpa mía. Resulta que el día antes de dejar mi casa se me ocurrió hacer mayonesa casera —hacer croquetas o mayonesa me relaja inmensamente— y dejarla preparada en la nevera, en un vaso de batidora. Bueno, pues un año y medio después, ese vaso seguía ahí. Cuando Dios estaba creando el mundo dijo, «Y ante las pestilencias y las repugnancias se dará la vuelta tu estómago, como se da la vuelta el estómago del camello en la época de apareamiento, y eso será bueno, es palabra de Dios». Bueno, no tiene mucha función lo de la náusea. Porque, vamos a ver, no me la iba a comer. No necesito que mi cuerpo me avise, ya sé que no debo comerme una mayonesa que tiene más edad que algunos de mis familiares. No obstante, ha sido notar el hedor, que era inenarrable, inconcebible, inefable para nadie que no conozca el olor de diezmil cadáveres de pollo descomponiéndose en una mezcla al 50% de sosa cáustica y bomba fétida; ha sido notarlo y un espasmo de náusea ha recorrido mi cuerpo, de abajo arriba, como un látigo de bilis. He conseguido contenerme, pero con tan mala fortuna que por un instante, sólo por un instante, mis manos han dejado deslizar el vaso que contenia el líquido inmundo, precipitándose éste contra el suelo. El charco de color amarillo con vetas negras me ha hecho arrepentirme de haber nacido y de seguir existiendo. Y lo he tenido que recoger.
Así que hay una moraleja, queridos niños. Nunca dejéis la mayonesa fuera un año y medio. Las consecuencias serán irreparables. Quedaréis marcados de por vida. Yo lo estoy.
1 — N del A: ya sé que la comparación de cualquier cosa que huela mal con las entrañas de un tauntaun es demasiado fácil y además merece que se me condene al ostracismo eterno por citar Star Wars tan a menudo, lo que podría llegar a hacer pensar a alguien que me gusta. Nada más lejos de la realidad, encuentro que la trilogía original es una pieza fundamental de la cultura pop contemporánea pero un tostón a todos los efectos. Las precuelas ya ni merecen la mención más deshonrosa.
Había una especie de ultramarinos gigante, que es donde vivíamos todos. Estaba en una calle tipo parisien, con adoquinado y vías de tranvía, y plátanos de paseo a los lados. Por dentro la tienda era inmensa, como una nave industrial. Entonces, aunque vivíamos en un hipermercado, yo iba a hacer la compra todos los días en avión. Luego les preparaba la comida a todos: todo casero, ni un congelado. Todo era muy bonito.

Fig. 1 - La calle de mi colmado
Entonces un día la cosa cambió. Tuve que ir a una casa cercana, que era una especie de hostel regentado por unas monjas gordas y con cara de sapo. Me enseñaron toda la casa, que era un piso antiguo con suelos de mármol a cuadros negros y blancos, y todo en una madera oscura y retorcida que daba bastante mal rollo. Todo muy viejo. Entonces la Sapo Superiora me decía lo que le hacía ella a los chicos que vivían en su casa, me explicaba que era muy importante tratar a todo el mundo de Vd., porque tratar a la gente de tú era de muy mal gusto, y me decía que menos mal que quedaba gente como yo en el mundo. Me llamaron por teléfono: era del parking. Me habían dado un golpe tremendo y serían por lo menos 3,000€.

Fig. 2 - El Sr. Hitler se dirige al baño
Al volver a la tienda yo trataba de explicarle a C. que no había podido conseguir comida, que ibamos a tener que comer congelados. Entonces yo me escondía y le oía contándole a otra persona que en realidad no me soportaba, y que ya con lo de que no hubiera traído comida era el colmo, que ojalá me fuera. Entonces me fui a llorar al baño, porque yo a C. le quería mucho, y de pronto aparece él, que intenta justificarse, pero yo le digo que vive en un supermercado y que si come congelados es porque le da la gana. Estabamos los dos metidos en uno de los baños pequeñitos cuando de pronto llega Hitler con dos ministros. Entonces para que no parezca que estabamos haciendo cochinadas salimos del baño diciendo «Heil! Heil!», pero Hitler no nos hace ni caso. En la puerta del ultramarinos ya es de noche. Robamos un paquete de arroz y un manojo de cebolletas y echamos a correr por la calle adoquinada, riéndonos entre las luces amarillas y la neblina.
Eso es lo que he soñado hoy.
De pronto hay veces en las que te encuentras en una encrucijada sin habertelo buscado ni mucho ni poco, pero miras a tu alrededor en un momento dado y dices, «¡Caramba! Heme aquí, en una encrucijada». Hay veces que ves superclaro el camino a seguir: hay señales luminosas que lo indican, está pavimentado con relucientes baldosas amarillas y hay un coro de enanitos cantando que ése es el camino. Hay otras veces que no tienes nada claro el camino, porque los dos tienen igual de mala pinta, o igual de buena pinta, así que te quedas dando una vuelta en la encrucijada, te fumas un cigarro, llamas a un amigo… Así hasta que pasa alguien y te engatusa de ir por un lado o por otro. Pero las peores veces son cuando tú sabes el camino a seguir pero dependes enteramente de las decisiones de otros. Vas en taxi por la encrucijada y el taxista sólo habla urdu, así que no le puedes decir por donde quieres que te lleve. Y tienes la terrible sensación de que podría no ser por el camino de baldosas amarillas.

Fig. 1 — Bajo un cielo estrellado
El otro día hablaba con mi hermana sobre las cosas que a uno lo emocionan. Hablabamos de Torchwood y de discos. Ella decía que cuando empezaba a ver una serie o una película nueva que es todo aquello que le gusta le sobreviene una sensación de congoja, una presión en el pecho, una impresión de que va a echarse a llorar en cualquier momento. Y yo le dije que lo entendía perfectamente, que de vez en cuando pasa con una cancón. Ahora mismo me está pasando con Pinball de Stereolab, y no es una canción que haya escuchado por primera vez ayer. Es una especie de síndrome de Stendhal de andar por casa.

Fig. 2 — Mi hermana y yo hablamos sobre el síndrome de Stendhal de andar por casa al calor del hogar disfrazados de señores decimonónicos
Esta mañana me ha despertado el chatarrero. A diferencia del concepto tradicional de chatarrero, este chatarrero era argentino. Lo que no hace sino confirmar que es como en la invasión de los ultracuerpos. Primero llegan y parecen inofensivos. Luego ponen kioscos donde se pueden comprar alfajores, y dulce de leche y cosas así. Ahora empiezan a ocupar los oficios más tradicionales del país —si hay un chatarrero argentino, podría haber un afilador argentino, o incluso un zapatero argentino. Es como la invasión de los ultracuerpos. Un día te levantarás y tú también serás argentino.