Tenía pensado escribir un post larguísimo y super inteligente acerca de Dany le Rouge y como hoy en día hasta la contracultura es partícipe del gran engaño colectivo que es la sociedad de consumo. La verdad, el tema es bastante guay, y a pesar de que conozco bastante poco sobre ello, Mayo del 68 es un periodo que tengo bastante idealizado. Al fin y al cabo creo que no hay mayor verdad que aquello de que para no morir de hambre vamos a morir de aburrimiento. Yo no, claro, yo no me aburro, pero la mayoría de la gente sí. Aunque no lo sabe.

Fig. 1 — Como se puede observar, uno de los aspectos más interesantes de Mayo del 68 es que ser antisistema no estaba reñido con la higiene ni con la estética.
Luego me he pasado toda la tarde con mi hermana viendo Doctor Who, que es una serie muy buena. Qué país la Gran Bretaña, qué televisión la BBC, y qué ficción la británica. La verdad es que nos dan sopas con honda. Y eso que en España por lo menos hay ficción televisiva: en Italia lo único que ponen a todas horas es a un señor centenario rodeado de muchachas en bikini. Uno cree que está viendo la refrescante gala del sábado por la noche y resulta que es el telediario de las ocho. En la refrescante gala las chicas no llevan parte de arriba.

Fig. 2 — En la imagen la presentadora de la tertulia política de la mañana en RAI 1.
En Francia, en la televisión francesa, se da el problema que se da con los franceses. Tienen que estar todo el tiempo demostrando lo sesudísimos que son, lo enterados que están de todo y lo avanzada que es su política social. La conclusión es que todos los programas de la televisión francesa consisten también en un señor centenario, en este caso rodeado de otros señores centenarios que se mesan los bigotes y las barbas a la par que arreglan el mundo en dos patadas. Lo que pasa es que no les hacen caso, a los señores centenarios. O si no, el Gran Prix, que allí se llama Intervilles y que no lo presenta Ramón García, pero casi.

Fig. 3 — Se hace evidente que la comparación entre Intervilles y el Gran Prix es de todo punto exagerada. La versión francesa es mucho más elegante e intelectual.
La televisión alemana es un mundo aparte. Los alemanes son como esa señora de tropecientos años que sigue diciendo «nosotros los jóvenes» y que no acaba de darse cuenta de que su tiempo ya pasó. No me refiero a Ramoncín, hablo en general. Pues eso, los alemanes están despistados. Quieren ser guays. Pero son los empollones. Los italianos, los franceses y en menor medida los españoles ocupan el puesto de guaperas de la clase en la Unión. Los países escandinavos son la chica guapa y estirada que saca buenas notas pero no se habla con el resto de la clase. Los británicos son el payaso de la clase: no sacan las mejores notas, pero son los más graciosos. El pelotón lo conforman esos países pequeños y fríos que uno no sabe si son o no son. Y alemania es el empollón lleno de granos. Saca las mejores notas, y todos hablan con ella para pedirle los apuntes, pero cuando se pone a bailar hay que mirar para el otro lado. La televisión alemana es así. Intenta ser guay, ser muy MTV, muy sensacional todo, muy dinámico. Pero no es guay. No es nada guay. Y encima el idioma, que gracias a la población judía de Nueva York se ha convertido en un chiste —lea una palabra al azar de un diccionario de alemán y trate de evitar imaginarse a Woody Allen haciendo un chiste con ella—, no ayuda lo más mínimo.

Fig. 4 — «Schadenfreude alexanderplatz. Französich freundschaft schnitzel blitzkrieg schutzstaffel schloß».
No hay en Europa —¡en el mundo!— una televisión como la BBC. Incluso la comedia costumbrista (Are you being served?, Fawlty Towers) les sale mejor que a los demás. Cierto es que RTVE tiene una fábrica de ficción que ha tenido momentos muy lúcidos, principalmente en adaptaciones de escritores insoportables decimonónicos, pero siendo realistas, Plutón BRB Nero quisiera ser El Enano Rojo y no lo es. Pero hay que ser justos: no les ha tocado la belleza, ni la cocina, ni el clima, ni el poderío económico. Si encima se tuvieran que tragar la televisión del resto de Europa, hace tiempo que habrían emigrado.
Lo de Dany le Rouge terminaba con un alegato revolucionario que rápidamente se transformaba, merced a mi nihilismo político pesimista, en un canto a la resignación. Hemos perdido, hace mucho que perdimos. Ahora solo queda esperar. Y ver series británicas.

We all learned the truth at seventeen, the world isn’t meant for beauty queens.
Te vamos a echar mucho de menos. Has dado sentido a nuestras vidas. Has puesto Wasilla, AK en los mapas. Has gastado 200.000$ en Neiman Marcus y Sak’s Fifth Avenue. Has hecho que la palabra maverick deje de conjurar perturbadoras imágenes de un pospubescente Tom Cruise en nuestras mentes. Nos has enseñado que se puede ver Rusia desde Alaska (lo cual es técnicamente cierto). Has demostrado que en esta vida se puede hacer todo: ser reina de belleza y candidata a vicepresidenta del mundo en una misma vida.
Hasta 2016, Sarah. Te vamos a echar de menos.
Cuando las cosas te gustan de verdad —y quiero decir de verdad— no basta con disfrutarlas. Hay que recrearse en ellas, regocijarse en los detalles; hay que leerse hasta el copyright de los discos, ver todos los extras de los DVD, buscar en la wikipedia detalles sobre la vida del autor de un libro, encontrar en la Bahía Pirata el episodio especial en beneficio de los enfermos de silicosis que salió en la TV regional de Laponia en 1977. Esa es una habilidad que es natural cuando uno tiene unos quince años: con quince años el ser humano —el hombre, más concretamente— está en la cumbre de su pajillerismo, tanto literal como figurado. Luego se va madurando, y dejamos esa minuciosidad en el examen solo para las cosas que nos gustan especialmente. Un requisito fundamental para que se pueda hacer este examen obsesivo-compulsivo de cualquier cosa es que la cosa en sí, el objeto de la pasión, sea fetichible.

Fig. 1 — Hay una razón por la que se llama «el disco blanco». Es porque es blanco.
Tendría unos 17 o 18 años cuando me regalaron una edición especial del disco blanco de los Beatles que iba en CD, pero era una reproducción a escala del original en vinilo. En lugar del clásico jewel-case iba cada cd metido en una fundita de papel —como los vinilos— que a su vez se metía en una funda rígida de cartón —como los vinilos— que tenía un relieve en la superficie con el nombre del grupo—igual que la edición en vinilo. Bueno, eso es un fetichible. Cuando el disco tiene un diseño bonito, un librito con letras, unas fotos, unos elementos que se puedan tocar, acariciar y respirar, el disco es fetichible. Cuando el DVD tiene algún extra aparte del trailer original de cine y selección de escenas —que por cierto, categorizar la selección de escenas como un extra debería estar prohibido y ser inconstitucional—, aunque sea una entrevista con una actriz secundaria que se repone de su esquizofrenia viviendo bajo el porche de Margot Kidder. Los fetichibles son lo que hacen que merezca la pena comprarse un disco.

Fig. 2 — Gato disfrazado de Momus. O Momus disfrazado de gato. Gato. Momus. Disfraz.
Yo hace literalmente años que no me compro un disco. No hay fetichible que lo consiga: pagar 18€ para que de esos 18€ el artista se lleve entre 50¢ y nada en absoluto, me niego. No obstante, y lo pienso desde el punto de vista del artista, el disco es muy importante. Es fundamental. Es la coartada. Momus lo expresa mejor que yo:
Well, here I am looking pleased as Punch to have received in the post yesterday not just one but two sets of finished CDs of my new album Joemus: the American and British CDs arrived in the same delivery. It’s always a thrilling moment, but this time there’s the suspicion that it might be the last physical CD I make, because no-one’s buying the damned things any more. I still like the album format, though, as a structure. And you still need a physical object as a sort of alibi for that format — a digital-only release is a bit nebulous and ghostly. Maybe that’s what people will say in future; not “Are you releasing a new album?” but “Are you releasing a new alibi?”
Pues sí. Si yo tuviera un grupo ahora mismo, querría sacar un disco. Y con el diseño más cuidado que nunca, por supuesto, porque el que se lo compra no se lo compra para escucharlo. Comprárselo, en este caso, es un acto de amor. Estamos de acuerdo en que el formato está condenado, pero ¿con qué lo podemos sustituir? El problema del álbum digital es que, aparte de que no es fetichible, ¿por qué razón un álbum debe durar entre 45 y 70 minutos? Una vez que el álbum es digital, puede durar lo que me de la gana a mi. Y ya no hay por qué hacer dos volúmenes, ni discos de catorce canciones, ni ordenarlas siquiera. El álbum digital acabará por destruir todo eso.

Fig. 3 — El tacto de una colección de vinilos es algo que sigue siendo irreproducible, salvo con el cover flow del iTunes y el iPod.
Lo que nos trae de vuelta al principio de la industria musical. En el principio de los tiempos sólo existía el single. Los artistas y grupos grababan dos canciones y ponían uno por la cara A y otro por la cara B. Y eso se vendía. No obstante, y exclusivamente por conveniencia de las disqueras, se empezaron a grabar álbumes, que en un principio consistían en que el artista, además de las dos canciones esas, grababa otras diez o doce malísimas para rellenar cuarenta minutos más, porque así, por un coste marginalmente más elevado, la disquera podía cobrar unas cinco veces más de lo que cobraba por el single. Se llaman economías de escala.
A partir de los años 60, con álbumes como el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles o el Pet Sounds de los Beach Boys, se empezó a concebir el álbum como una unidad, como un todo, no una sucesión de canciones sino un conjunto. El asunto se llevó al absurdo con el rock de los 70 y la pedorrería progresiva: la impenetrable conceptualidad de álbumes como The Wall de Pink Floyd o cualquiera de King Crimson. Discos continuados, sin pausas, como si fueran de la Deutsche Grammophon. Ahí fue cuando el single murió su primera muerte, y empezó a convertirse, poco a poco, en una cosa que solo servía para mandar a las emisoras cuando se hacía promo.

Fig. 4 — A lo largo de la década de los 70 se consideraba que si alguien entendía tu disco habías fracasado como artista.
Pero hete aquí que te hete que llegó la revolución digital, y el álbum murió mucho más que el single, y mucho más rápido. Llegó iTunes todopoderosa y decidió que las canciones debían vivir en libertad, y les puso de precio 99¢, y ya no importaba de qué discos fueran, ni siquiera que fueran del mismo artista. De pronto, el álbum, ese constructo bastardo, hijo de los espúreos intereses económicos de unos cuantos plutócratas y las mentes calenturientas de Emerson Lake and Palmer, era completa y totalmente irrelevante. Y yo no sé que pensar de todo esto, porque por un lado es mucho más legítimo que la canción se tenga que defender sola —nada de decir «el disco está muy bien menos la cuatro que flojea un poco»—, porque entonces las canciones tendrán que ser tal vez menos y un poco mejores.
Pero por otro lado, mi adolescencia nunca habría sido lo mismo sin mis fetichibles.
A estas alturas de la película es improbable que a alguien no le suene el video en el que John McCain comparaba a Obama con Paris Hilton y Birtney Spears:
Al parecer Paris tiene algo que decir al respecto. (Transcripción después del vídeo)
He’s the oldest celebrity in the world.
Like, super-old.
Old enough to remember when dancing was a sin
and beer was served in a bucket.
But, is he ready to lead?Hey, America, I’m Paris Hilton and I’m a celebrity too.
Only I’m not from the olden days and I’m not promising change like that other guy.
I’m just hot.
But then that wrinkly white-haired guy used me in his campaign, which I guess means I’m running for president. So thanks for the endorsement, white-haired dude. And I want America to know that I’m like, totally ready to lead.
And now I’d like to present my energy policy for America, just as soon as I finish reading this article on where I can fly to get the best tan.Oh, Mali!
OK, so here’s my energy policy. Barack wants to focus on new technologies to cut foreign oil depndency, and McCain wants offshore drilling. Well, why don’t we do a hybrid of both candidates’ ideas? We can do limited offshore drilling with strict environmental oversight while creating taxes to get Detroit creating hybrid and electric cars. That way offshore drilling carries us until the new technologies kick in and then create new jobs and energy independence. Energy crisis solved!
I’ll see you at the debate speeches. Now if you’ll excuse me, I have to pick out a vicepresident. I’m thinking Rihanna…
I’ll see you at the White House. Oh, and I might be naked. I hope that’s cool with you guys.
Bye!
I’m Paris Hilton and I approve this message. I think it’s totally hot.
Creo que es la primera vez en mi vida que empleo tanto tiempo en pensar en Paris Hilton, pero francamente, hay que reconocer cuando las cosas son graciosas. Y esto lo es.
Casi me meo encima cuando lo he visto. Me encanta el trailer de Watchmen.
Quizá esta sea una de esas cosas.
Hoy me han interrogado. He ido a unas dependencias que hay por ahí, en uno de los muchos pliegues espaciotemporales que pueblan el aeropuerto en los que tú crees que hay una pared pero lo que hay son varios pisos de oficinas y un par de centenares de personas trabajando. Al parecer soy sospechoso de un delito. Es un delito menor, por favor, que nadie piense en homicidio —que sería mucho más interesante— y además es un delito que yo no he cometido. Ha sido, como se puede entender, muy desagradable.
Se conoce que el rollo poli bueno, poli malo
no se lo han inventado en Los Ángeles California, sino que aquí en Madrid, Madrid también se lleva mucho. El poli malo era malísimo, tremendo. Se sentaba repantingado en su silla, con los brazos cruzados y el ceño fruncido y rezongaba según yo iba hablando. Yo no sabía que cuando te toman declaración se permitían opinar tanto sobre lo que tú declaras. Yo declaraba y ellos opinando, que si tal cosa les parecía bien, que si tal otra no, que si tal otra era verosímil, que si cual otra era inverosímil. Total, que muy cansado, porque venga a darle vueltas a las cosas, y dale perico al torno con que cómo no me voy a acordar de algo que hice hace dos días. Pues no, ¡no me acuerdo! ¡Soy así de retrasado mental! Porque además, el delito que se ha cometido es un delito barriobajero, de yonki, de muerto de hambre. Cualquiera que me conozca sabe que yo, puesto a delinquir, no me andaría con semejantes minucias: lo haría a lo grande y lo haría bien. El poli bueno era muy mono.
Después de semejante tortura emocional lo normal hubiera sido que me hubiera ido a casa. Pero no, tenía que trabajar ocho horas ocho. Últimamente en la oficina estábamos muy tranquilos, así que me he preparado los autodefinidos, me he sentado en mi silla y ha estallado el apocalipsis. Había un grupo de pasajeros volando a Quito que más que un grupo era un ejercicio de combinatoria y probabilidad: unos cien pasajeros, cinco apellidos y diez nombres. Se meten en una bolsita y se agitan bien, y con ellos se van formando nombres al azar. De los ciento y pico, unos ochenta se llamaban Segundo. Segundo algo. Segundo Manuel, Segundo Belisario, Segundo Antonio. Y venga los Segundos para arriba, y venga para abajo, todo esto amenizado por simpáticas tonadas étnicas que hacían brotar de mí impulsos homicidas hasta entonces desconocidos. Luego me acordé de los señores de esta mañana y pensé que no era buena idea darles tanto trabajo. Se podrían molestar conmigo.
Cuando he llegado a casa después de un largo día de tercer grado y trabajo he puesto la tele y he visto el final de una gala de Eurovisión de refritos remezclados por Carlos Jean y el principio de un documental sobre el botellón en Huesca (rrrrabiosa actualidad, oiga).
De mi día de hoy he sacado las siguientes conclusiones:
No ha sido un día para la posteridad, se conoce.
Derechas e izquierdas las del espectador.
El recibidor de una fábrica de chufas en Níger, África Central. Las paredes están pintadas del color este verduzco del que pintan todas las paredes en el tercer mundo. Están un poco desconchadas. En el techo dos fluorescentes, uno de los cuales está fundido. Un poco a la derecha de los fluorescentes hay una trampa para moscas y mosquitos eléctrica, que emite un zumbido constante y más perceptible de lo que nos gustaría. La estancia está mal amueblada, con una sola mesa vieja, heredada de algún ministerio francés que no le encontraba uso desde 1974. En las paredes hay fotos en blanco y negro de la fábrica, algunas torcidas. Sobre la mesa hay un ventilador que hace poco por enfriar el ambiente. La escena, en general, da impresión de calor.
A la mesa esta sentada Ngenga, una secretaria veinteañera con peinado de nido de abeja. Lee descuidada una revista. Entran de la calle el Empresario Valenciano Sin Escrúpulos, el Polígamo y María Teresa.
Empresario: Pasa, Maria Teresa, pasa…
María Teresa: La verdad es que la tienes puesta monísima, te ha quedado estupenda.
Empresario: Y por cuatro duros. Lo que es el África.
María Teresa: Es que dan ganas de venirse a vivir.
Empresario: Oye, estaba pensando, ¿por que no te haces una foto con el socio local? Como es negro y lleva la túnica esta de tantos colores da muy bien en cámara, y así te llevas un recuerdo.
María Teresa: Oye, pues si. Además que los negros del tercer mundo dan muy buena prensa.
Empresario: ¡M’bundu! Nahasawe mbeti towana tembo tahuna?
Polígamo: Omaha! [Se gira hacia el interior de la fábrica y llama a alguien] Mbeki! Tunga! Hamaca!
Entran Mujer 1, Mujer 2 y Mujer 3. Van cotilleando entre ellas, suenan como una bandada de gorriones.
María Teresa: Toma, ¿y éstas?
Empresario: Yo que sé. Serán sus primas. Es que esta gente tiene unas familias complicadísimas, pero mira tu que bien que van cada una de un color. Vas a salir estupenda.
María Teresa (a Mujer 2): Chica, que calor… No se como aguantáis tan tapadas
Empresario: Bueno, vamos para fuera que hay mejor luz…
María Teresa: Nada, de esta ya pego el petardazo. ¡En las proximas generales salgo presidenta!
Van saliendo de la estancia poco a poco. A los pocos segundos se oye un ruido de foto y va cayendo lentamente el
T E L Ó N