
Por favor, no. Por favor, que sea mentira. Por favor, si hay un Dios, no permitas que ocurra esto.
Esto es peor que Hitler y Stalin. Juntos.
Mr. Hilter. De cuando había un Palin que no daba miedo.
Había una especie de ultramarinos gigante, que es donde vivíamos todos. Estaba en una calle tipo parisien, con adoquinado y vías de tranvía, y plátanos de paseo a los lados. Por dentro la tienda era inmensa, como una nave industrial. Entonces, aunque vivíamos en un hipermercado, yo iba a hacer la compra todos los días en avión. Luego les preparaba la comida a todos: todo casero, ni un congelado. Todo era muy bonito.

Fig. 1 - La calle de mi colmado
Entonces un día la cosa cambió. Tuve que ir a una casa cercana, que era una especie de hostel regentado por unas monjas gordas y con cara de sapo. Me enseñaron toda la casa, que era un piso antiguo con suelos de mármol a cuadros negros y blancos, y todo en una madera oscura y retorcida que daba bastante mal rollo. Todo muy viejo. Entonces la Sapo Superiora me decía lo que le hacía ella a los chicos que vivían en su casa, me explicaba que era muy importante tratar a todo el mundo de Vd., porque tratar a la gente de tú era de muy mal gusto, y me decía que menos mal que quedaba gente como yo en el mundo. Me llamaron por teléfono: era del parking. Me habían dado un golpe tremendo y serían por lo menos 3,000€.

Fig. 2 - El Sr. Hitler se dirige al baño
Al volver a la tienda yo trataba de explicarle a C. que no había podido conseguir comida, que ibamos a tener que comer congelados. Entonces yo me escondía y le oía contándole a otra persona que en realidad no me soportaba, y que ya con lo de que no hubiera traído comida era el colmo, que ojalá me fuera. Entonces me fui a llorar al baño, porque yo a C. le quería mucho, y de pronto aparece él, que intenta justificarse, pero yo le digo que vive en un supermercado y que si come congelados es porque le da la gana. Estabamos los dos metidos en uno de los baños pequeñitos cuando de pronto llega Hitler con dos ministros. Entonces para que no parezca que estabamos haciendo cochinadas salimos del baño diciendo «Heil! Heil!», pero Hitler no nos hace ni caso. En la puerta del ultramarinos ya es de noche. Robamos un paquete de arroz y un manojo de cebolletas y echamos a correr por la calle adoquinada, riéndonos entre las luces amarillas y la neblina.
Eso es lo que he soñado hoy.
Hoy he tenido la inmensa fortuna de mantener la siguiente conversación:
Yo.- May I have your passport, sir?
El Inglés del Hedor Inconmensurable.- I have it in my shorts.
Yo.- Excuse me?
Hedor Inconmensurable.- My passport. I have it in my shorts.
Yo.- Do you have any other piece of identification? A credit card maybe?
Hedor Inconmensurable.- No, only my passport. I have it in my shorts.
Qué decir tiene que por supuesto sacó su pasaporte. Y lo llevaba ahí. Afortunadamente, lo llevaba envuelto en una bolsa de plástico que no tuve que tocar.
Pero el pasaporte sí.
And he had it in his shorts.
De pronto hay veces en las que te encuentras en una encrucijada sin habertelo buscado ni mucho ni poco, pero miras a tu alrededor en un momento dado y dices, «¡Caramba! Heme aquí, en una encrucijada». Hay veces que ves superclaro el camino a seguir: hay señales luminosas que lo indican, está pavimentado con relucientes baldosas amarillas y hay un coro de enanitos cantando que ése es el camino. Hay otras veces que no tienes nada claro el camino, porque los dos tienen igual de mala pinta, o igual de buena pinta, así que te quedas dando una vuelta en la encrucijada, te fumas un cigarro, llamas a un amigo… Así hasta que pasa alguien y te engatusa de ir por un lado o por otro. Pero las peores veces son cuando tú sabes el camino a seguir pero dependes enteramente de las decisiones de otros. Vas en taxi por la encrucijada y el taxista sólo habla urdu, así que no le puedes decir por donde quieres que te lleve. Y tienes la terrible sensación de que podría no ser por el camino de baldosas amarillas.

Fig. 1 — Bajo un cielo estrellado
El otro día hablaba con mi hermana sobre las cosas que a uno lo emocionan. Hablabamos de Torchwood y de discos. Ella decía que cuando empezaba a ver una serie o una película nueva que es todo aquello que le gusta le sobreviene una sensación de congoja, una presión en el pecho, una impresión de que va a echarse a llorar en cualquier momento. Y yo le dije que lo entendía perfectamente, que de vez en cuando pasa con una cancón. Ahora mismo me está pasando con Pinball de Stereolab, y no es una canción que haya escuchado por primera vez ayer. Es una especie de síndrome de Stendhal de andar por casa.

Fig. 2 — Mi hermana y yo hablamos sobre el síndrome de Stendhal de andar por casa al calor del hogar disfrazados de señores decimonónicos
Esta mañana me ha despertado el chatarrero. A diferencia del concepto tradicional de chatarrero, este chatarrero era argentino. Lo que no hace sino confirmar que es como en la invasión de los ultracuerpos. Primero llegan y parecen inofensivos. Luego ponen kioscos donde se pueden comprar alfajores, y dulce de leche y cosas así. Ahora empiezan a ocupar los oficios más tradicionales del país —si hay un chatarrero argentino, podría haber un afilador argentino, o incluso un zapatero argentino. Es como la invasión de los ultracuerpos. Un día te levantarás y tú también serás argentino.
Os he grabado una cinta de sesenta. Ésta es mi forma de decir que os quiero.

C60 Music To Please
Cara A
Cara B
Descargadlo aquí y escuchadlo.
Via Reddit.

No, no me he confundido. No quiero escribir sobre un musical aburridísimo en el que unos yonkis y unas yonkis lelos y lelas perdidos viven sus vidas bohemias en bohemios lofts de Alphabet City en Manhattan. Quiero escribir sobre una de esas palabras tan maravillosas que tiene la lengua inglesa y que son intraducibles. Hace unos años un periódico británico sacó un estudio hecho por varios sesudos traductores que habían decidido que la palabra más difícil de traducir del mundo era la galaico-portuguesa saudade. Muy bonito, muy romántico, pero una tontería como un castillo de grande, porque es mucho más difícil traducir feature, Schadenfreude o, por supuesto, rant1.
To rant quiere decir hablar, por un tiempo prolongado y sin excesiva motivación, sobre uno o varios temas, sin que exista necesariamente un vínculo lógico entre unas partes del discurso y otras, y sin acercarse demasiado a una conclusión. Releo y me parece una definición terriblemente incompleta. Miro en el diccionario y dice que es despotricar, pero yo sé que no. Miro en otra parte y dice que es discurso rimbombante, y menos aún. Todavía habrá algún ingenioso que opine que la traducción sería tener un blog, pero tampoco sirve porque se puede rant en vivo y en directo. De hecho, un ex-novio de una amiga, en sus tiempos de novio sin ex, solía decirme, al borde del colapso nervioso, «You just rant endlessly, you never get to a point». Yo le respondía «Oh, do I?» fingiendo sorpresa y seguía ranteando endlessly. Es un don.
Está supermenospreciado el rant, no sé muy bien por qué. Escuchando —o leyendo— un rant uno puede atisbar los mecanismos mentales de una persona, sospechar las asociaciones de ideas, admirar las piruetas conceptuales que hacen saltar de Linda Blair a Linda Evangelista a Terminator 2 a la noche del pasado sábado. Por supuesto, rantear con cierta gracia es el privilegio de unos pocos, y la mayoría de los rants son bodrios insoportables sin puntuación ni pies ni cabeza ni nada; no obstante, como todo en esta vida, el rant bien hecho es una joya delicada, que hay que disfrutar paladeándola lentamente. Ranteemos endlessly, queridos, porque es lo que nos queda.
Es eso o el alcohol.
1. N. del A.: las palabras son de lenguas europeas porque es lo que más o menos medioconozco. Si algún voluntario quiere proponer un ejemplo intraducible del guaraní, el ainu o el nepalí, be my guest.
Navegando por los intertubos, no me pregunten cómo, me he encontrado con una canción de La Monja Enana que se llama Héroes del Pasado. Gracias a que mi concepto de actualidad es bastante amplio —yo aún diría más, es diáfano—, esta canción es para mi completamente nueva. Habla del fenómeno éste en el que los grupos siguen sacando discos muchos años después de que todos sus miembros estén ingresados en psiquiátricos, viviendo en contenedores, muertos, suicidados o actuando en Hollywood vestidos de Versace. En realidad el fenómeno no tiene absolutamente nada de nuevo, y no me remito a principios del siglo pasado. Me remito a antes de Cristo.
Elvis me telefoneó. Mucho antes de los avistamientos tipo News of the World del Rey canoso y obeso viviendo en Barbados, hubo una estrella del rock que sobrevivió a su propia muerte. Me refiero a Lucio Domicio Ahenobarbo, Nerón. Por culpa de la mojigatería judeocristiana de los últimos diecinueve siglos, la imagen de Nerón que prima entre el vulgo es la de un hedonista, un vicioso sexual obsesionado con la música que tocaba su lira mientras ardía Roma. Si bien ésta imagen no dista mucho de la realidad, se presupone que Nerón era un incapaz en las cuestiones líricas, cuando no era así. Resulta que siempre fue bastante más apreciado como estrella del rock —rapsoda le llamaban entonces, los cursis de los griegos— que como emperador, y durante mucho tiempo después de su muerte se anunciaban avistamientos misteriosos del buen hombre en Asia Menor y Grecia, por los distintos festivales —sí, ya había festivales— repitiendo sus actuaciones más memorables. Que hiciera eviscerar viva a su madre no es óbice para que se le reconozca el status de estrella que merece.
¿Es que no tenemos suficiente con nueve versiones del Tubular Bells? Pues nosotros probablemente sí, pero Mike Oldfield no creo. Antaño los músicos no tenían ese problema, porque la reproducción de la música era una cosa bastante aparatosa. Hacer una copia pirata de Die Zauberflöte de Mozart exigía tener acceso a una orquesta sinfónica y varios cantantes líricos, y al final era tan poco práctico que no se hacía. Aparte, los chinos en aquella época sólo hacían porcelana y pies de loto, no estaban como para piratear nada. Total, que con cuatro o cinco piezas un artista ya vivía toda la vida comodamente, porque hasta que las había oído todo el mundo ya le había dado tiempo a quedarse sordo, o coger el tifus o la tuberculosis. Pero en el mundo de hoy en el que no hay tifus, ni tuberculosis, y quien más quien menos todo el mundo llega tipo a los ochenta, ¿cómo va a vivir Mike Oldfield de Tubular Bells? Sacando nueve versiones. Es evidente y no admite discusión.
Stay in school. El otro problema, este más vinculado al mundo del pop y el rock, es la escasa oferta de empleo para ex-rockstars venidas a menos. Cuando uno empezó a triunfar a los 17 años y se planta en los cuarenta sin oficio ni beneficio y con todos los compañeros de grupo muertos, rehabilitados o ingresados, solo le quedan dos opciones. Una más digna desde el punto de vista del orgullo es la de convertirse en viejo roquero tipo Andrés Calamaro. Desde el punto de vista artístico no suele ser tan digno, porque el viejo roquero tiende al pajillerismo y a la autocomplacencia, y apela a la nostalgia para vender discos, lo que no le permitirá comprarse una isla, pero le garantiza pagar el piso a fin de mes. La opción número dos, y menos digna en todos los aspectos es esto de la reunión falsa, en la que uno o dos de los integrantes originales cogen a otros tres o cuatro músicos de estudio y montan una gira mundial, LA GIRA DEFINITIVA DE DESPEDIDA ETERNA POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS 2008-2018. Mención de honor para las reuniones póstumas por medio de la tecnología (cfr. Love de los Beatles).
La cuestión es que no es un fenómeno nuevo, porque después de cinco mil años de historia no queda nada por inventar. Sólo queda esperar el fin del mundo con cierta dignidad y comodidades electrónicas.
PS. Esta tampoco es la actualización que tengo pendiente.
Esta no es la actualización que tengo pendiente. Estoy en standby y eso se nota.
Es viejo, pero tenía ganas de ponerlo. Me sorprendió enormemente descubrir que Bill Gates tiene una cierta vis comica. Si se hubiese dedicado al cine en lugar de a los ordenadores…