Pobre Marianne. Esta era ella antes:
Y esta es ella ahora:
Pobre, pobre Marianne.
Bonus Track: ¡Sale Jarvis! ¡Uuuuhuhuuu!
Toy Story
Vean también Ghostbusters y Star Wars.
Racismo. Sexismo. Clasismo. ¿Hablamos de la Alemania nazi? ¿La Sudáfrica del apartheid? No. Burger King y McD’s en los años 70.
Se merece un descanso. Ya sabes, porque es negra y mujer, y está todo el dia trabajando en cosas de negras, como fregar escaleras o cambiarle los pañales a niños blancos, y luego encima tiene que llegar a casa y hacerle la cena a sus pequeños monstruitos que nunca sabrán hablar sin dobles negativos.
La traducción es un poco libre. Más en flicka: anuncios de los 70 orientados a consumidores afroamericanos. Negros, vamos.
Bonus Track! No te pierdas…
Bon appétit!
Una de mis partes favoritas de las estadísticas de una web son las búsquedas en Google que conducen a los incautos internautas hasta esta web. Es una forma pasiva y misteriosa de comunicación entre esos lectores casuales que no comentan porque ni se quedan más de 10 segundos y yo. Así pues, respondamos al correo de los lectores.
como puedo poner centavo en mi teclado
Aunque la labor no me corresponda a mí, voy a hacer un poco de servicio público: para poner el símbolo ¢ utilizando tu teclado tienes que pulsar la tecla Alt y el número 4, suponiendo que tengas un Mac con un teclado Español. De todos modos, escribe ‘cént.’ que es más sencillo y es lo que hace todo el mundo.
cuales son las manifestaciones artisticas
Pues muchas y muy diversas. Si a Google le preguntas tonterías, te responde tonterías.
aloes de cincuenta metros por lo menos
las cosas de los demas deberian darme igual punsetes
Me encanta que las dos canciones por las que me hayan encontrado sean estas. Si fuera Gimme Gimme o algo así me habría tenido que suicidar colgándome de una viga en el granero.
mariflorcita
Eh… Sí. Claro. No, no. Lo vamos a dejar, lo del granero.
pizzerias tenedor libre en tigre
Alguien quiere ponerse las botas de pizza en Tigre y le sale esto. Demuestra que a veces cuando a Google le preguntas cosas que no son tonterías también te responde tonterías.
mujeres hombres viceversa horroroso
A esta persona lo que le sucedió claramente es que ofendida por la inmundicia del programa al que nos referimos dijo «¡ésto lo tiene que saber España!», pero, como todo el mundo sabe que en internet no se pueden repetir los temas lo buscó primero a ver que pasaba. Y como vio el mio dijo «ah, ¡la obra esta hecha! puedo descansar al fin». Claramente.
fulanas
¡Cochinoto!
tormenta del desierto y libertad duradera
Tormenta del desierto vale. Pero, ¿libertad duradera?
troll de las cavernas dni
¿Qué podría estar pensando esta persona? ¿Qué le hace buscar troll de las cavernas dni? ¡Pero si todo el mundo sabe que los trolls de las cavernas no tienen DNI! Van a todas partes sólo con el carné de conducir, y por eso en el Media Markt sólo pueden pagar en efectivo.
Bonus Track #1: vamos a poner interesantes las próximas estadísticas que mire:
Bonus Track #2: preciosas canciones tocadas en impresora. Es antiguo, y lo he visto en Papel Continuo pero no podía resistirme. Son preciosas.
A veces aparece así de pronto, sin aparente provocación, como de la nada: se materializa en la parte de atrás de mi mente —al lado de donde están Debussy y Che Guevara bailando un disco beat— y poco a poco se va abriendo camino hacia delante. Pero normalmente no es así. Normalmente hay un detonante, hay algo que leo, algo que veo en la tele, algo que oigo en el metro. Hablo de la desesperanza absoluta.
Me explicaré. Como ya saben todos mis lectores —¡hola a los tres!— siento el más absoluto desprecio por la especie humana en términos generales. No por las personas en particular, algunas de las cuales he llegado a apreciar, sino por esa mara descontrolada de individuos e individuas que entienden la belleza, la música, el cine, el arte, el dinero y la sociedad en términos absolutamente erróneos y en general horrorosos. Bueno, pues esa gente gana más que yo.
No todos, claro. Hay mucha gente que gana más que yo y que se lo merece muchísimo. Un bombero, un piloto, una fregona de escalera. Esa gente hace cosas que yo nunca haría, así que se merecen que les paguen más que a mi. Pero por los abismos de los distintos parques industriales del mundo viven seres viles y abyectos, inmundos endriagos de la noche que ganan más que yo y emplean sus energías en luchar contra todo aquello que es bueno, hermoso o correcto. El mundo está lleno de malos profesionales que hacen mal su trabajo. De hecho, lo normal es hacer mal el trabajo, y eso me pone enfermo, porque yo lo podría hacer mejor. A veces.
Iba a escribir una lista de los casos que me agreden tanto como para enfadarme, pero luego me he dado cuenta de que todos tenían que ver con la palabra escrita y/o hablada e iba a dar lugar a mucho comentario sobre si no me habré equivocado de profesión. Pero es que mi profesión no la elegí yo: me eligió ella a mí.
La conclusión es que mientras que en otros países se ubica a las personas en sus puestos de trabajo según sus capacidades, en España tenemos otro método. Se asigna a la gente a trabajos al azar, y si lo hacen —no digo bien, digo si lo hacen en absoluto— pues se les deja estar. Y se les va ascendiendo por antigüedad, no por méritos. Así que, llegado el momento, cuando tienen que seleccionar a un nuevo candidato piensan «fíjate, a mi me cogieron porque las cinco últimas cifras de mi DNI coincidieron con el sorteo de los ciegos del día anterior y tan ricamente que me ha ido». Et sic per secula seculorum.
La vida es dura, y yo feliz.


En aquel tiempo V. y yo solíamos pasar mucho tiempo hablando de nada en particular. Uno de los temas de conversación eran frases sueltas que teníamos en los mp3 de algunos grupos, como por ejemplo un mp3 de Vacaciones —ni me acuerdo de qué canción— que terminaba con la cantante diciendo «Esta canción le gusta mucho a Rafa, se llama ‘El Mapa’». Uno de los clásicos básicos de aquellas canciones era la Fresona Enfadada.
Al final del primer disco de los Fresones Rebeldes había un bonus track, de ellos garabateando una versión de Teenage Kicks de los Undertones. Pues el caso es que al principio mantienen la siguiente conversación:
Cada vez que lo escuchábamos nos regocijábamos con la refrescante bordería de la fresona enfadada por haber tenido que hacer dos talgos de más. De vez en cuando escuchábamos a alguien en el metro, o en una tienda diciendo algo en lo que reconocíamos esa ira revestida de la comodidad de tener razón, y decíamos a la vez «¡me has hecho hacer seis!». La gente nos miraba raro, pero la gente nos miraba raro casi todo el rato así que no le dábamos importancia.
Esta mañana le he dicho a todo el mundo que me ha hecho hacer seis. He hecho burla a una pasajera —sí, he repetido lo que ella había dicho con un tono nasal y agudo—, he ladrado a todos mis compañeros de trabajo, le he colgado el teléfono a varias personas y cuando faltaban veinte minutos para mi hora de salir he dicho que me iba porque me daba la gana a mi. Pero es que estoy agotado, estoy overworked y estresado, enfadado con el mundo y al borde de mi aguante. Escuchar a un pasajero más contándome una milonga habría sido el colmo. Estaba como la tronca de The IT Crowd cuando tiene la regla, con el pelo rojo, lengua bífida y voz de Linda Blair.
Pero es que me han hecho hacer seis.
Todo ha empezado con un sombrero. He visto al hombre con el sombrero, puesto delante del cajero de Caja Madrid frente a la puerta 2-3. Lo he mirado fijamente un rato. Primero me ha costado comprenderlo —no entendía el qué ni por qué, pero sabía que algo fallaba— aunque luego ha sido evidente. Realmente no era la ropa, que no era especialmente horrorosa; ni era tampoco él, que no era extraordinariamente espantoso. La culpa de todo la tenía el sombrero que llevaba en la cabeza. Las palabras que se me han venido casi solas a la mente han sido perroflautismo anquilosante†. Celebrada ocasión para tener un caso de le mot juste.
Realmente no es la más fea de entre las prendas, el sombrero. Las sandalias de piel tipo manuscritos del mar muerto, los pantalones blancos, el chándal, el tanga o la camiseta sin mangas de microfibra son prendas mucho peores, pero ninguna de ellas está tán cargada de significación como el sombrero. El sombrero es un monumento a la equivocación. El tío que se pone un sombrero puede ser alguna de las siguientes tres cosas:
Si es viejo, tiene perdón de Dios. Hubo una época, no hace tanto, en la que salir a la calle sin sombrero se hubiera considerado casi tanto como salir sin pantalones: más cómodo, más estético sólo según los casos y sobre todo poco recatado. Pues ya está, el que haya vivido esa época que se ponga sombrero. Espero que conmigo hagan lo mismo cuando dentro de treinta años me empeñe en llevar pantalones.
El perroflauta es más deleznable. No se pone el sombrero porque le moleste el sol, sino porque forma parte de una cuidadísima estética de preocuparse mogollón por los quechuas y los saharauis y el subcomandante Marcos. Se pone el sombrero como una forma de expresar que es supersolidario, y que se va de vacaciones a Cuba porque es supercomunista. Se pone el sombrero y no se lo quita en interiores, deja que por un lado se salga una rasta, lo combina con otros modelos perroflautinilleros tipo pantalones de Aladdin, lleva un Panamá blanco con una cinta negra. Se pone el sombrero para creerse mejor que los demás. Y para ligar.
El francés es el ser más deleznable de cuantos existen, pero es por razones ajenas al sombrero. Los franceses, al ocupar ya los más bajos niveles de la creación, pueden llevar sombrero a placer. No podrían empeorar las cosas.
† (N. del A: el concepto de perroflautismo anquilosante es aquel que por querer hacerse el moderno, el progresista, retorna a posturas ya visitadas en los setenta y que se vio que no conducían a ninguna parte. Cualquier causa que parezca lo suficientemente perdida atraerá invariablemente a una cantidad indeterminada pero grande de simpáticos e inoperantes perroflautas anquilosantes, que buscarán tan solo regodearse en lo perdido de la causa y revolcarse un poco en los escasos charcos de legitimidad que queden a su alrededor. Carroñeros.)
The family tree was chain-sawed Wednesday week.
So now I have to mingle with the meek.
Hey mister! you have finally met your match
Now everybody wants to kiss my snatch -
To go where God knows who has gone before.
I am a muse, not a mistress, not a whore.
Oh - suburban shits who want some class
All queue up to kiss my ass
And I was only trying to please
I never got any royalties oh no - not me
I’m still sliding through life on charm
Sliding through life on charm.
[...]
I wonder why the schools don’t teach anything useful these days
Like how to fall from grace, and slide with elegance from a pedestal
I never asked to be on in the first place.
Marianne Faithfull «» Sliding through life on charm
Los turnos de noche son tristes por muchas razones. La primera es que cierras la oficina, y en mi compañía cerrar la oficina es cerrar el aeropuerto. Cuando uno llega al aeropuerto a las 4.30 de la mañana y se lo encuentra desierto es una sensación agradable: da la impresión de estar estrenando algo. Los mochileros empiezan a desperezarse, los que han llegado en los primeros vuelos de la mañana -o los últimos de la noche- hacen cola en la puerta del metro esperando a que se abra, las motos de limpieza campan a sus anchas por el terminal vacío… Es algo que empieza.
Sin embargo, irse del aeropuerto a la 1.30 de la madrugada es una sensación completamente distinta. La gente que queda vaga ojerosa por los pasillos desiertos como si fueran almas en pena, sin saber qué será de ellos mañana, sin saber cuando llegarán a donde pensaban ir. Los guardias de seguridad miran recelosos a los mochileros que empiezan a acomodarse en cada recoveco, esperando dormir un par de horas antes de la salida de su vuelo. Es algo moribundo, es algo usado y polvoriento, es algo triste.
Nótese que hay sólo tres horas de diferencia entre los dos momentos. Esas tres horas no las conozco -son las únicas tres horas del aeropuerto que no conozco- y a veces me pregunto qué ocurrirá, en qué momento de la noche lo viejo se transforma en nuevo, las almas en pena en viajeros ilusionados, los mochileros durmientes en mochileros desperezándose. En tan sólo tres horas el aeropuerto renace, se deshace de los fantasmas de todo lo que ha ocurrido el día anterior. En sólo tres horas, vuelve a empezar.
Supongo que en realidad es una cuestión de perspectiva, y que a la 1.30 de la madrugada parece viejo y cansado porque yo estoy cansado; y que a las 4.30 parece un estreno, una promesa de todo lo que está por venir sólo porque yo tengo esa actitud de que todo está por pasar. Sin embargo es mucho más bonito pensar que en algún momento de la noche se produce algún evento sobrenatural que limpia las venas del edificio y las llena de sangre nueva.
Me imagino una especie de destello, que cada noche aparece en un punto distinto: a veces en el cuartito lleno de atrezzo de Continental que hay en la B24; otras en el ascensor que hay en la T2, justo al lado de ventas de Air France. Desde ahi, poco a poco va extendiéndose por el aeropuerto, absorbiendo a las almas en pena y dejando en su lugar pequeños charquitos de un líquido un poco viscoso que las motofregonas recogerán antes de que lleguen los nuevos pasajeros. Luego entra por los oídos de los mochileros y les hace irse a dormir. Las señoras de la limpieza que aprovechan la madrugada para limpiar las rampas mecánicas conocen y toleran a la luz, porque a cambio de su silencio ésta les da de vez en cuando una alegría metafísica: les hace revivir el momento en el que su hijo juró bandera, o cuando su marido las llevó a un restaurante elegante a cenar.
Para cuando amanece, el aeropuerto es un lugar nuevo y reluciente.