Habían pasado ciento dos días desde la última vez que había pisado tierra firme. Ahora se sentía en cierto modo relajado. Siempre que embarcaba le invadía una incertidumbre, una inquietud. No saber qué iba a ser de él le causaba un desasosiego que le atravesaba como un rayo eléctrico: ponía todos sus músculos en tensión, todos sus sentidos alerta, porque no sabía si volvería. Ahora estaba mucho más relajado. La certeza del fin era absoluta, no cabía duda alguna de que todo terminaría pronto. Sabía con toda seguridad que nunca volvería a casa.
El silencio le rodeaba. La radio había dejado de crepitar porque él la había apagado. Sabía que incluso en el improbable caso de que alguien pudiera recibir un SOS suyo nunca llegaría a tiempo de salvarle. Estaba condenado desde el momento en que salió al exterior.
Casi me meo encima cuando lo he visto. Me encanta el trailer de Watchmen.
Quizá esta sea una de esas cosas.
Me he tenido que hacer un flickr: ya soy 2.0. O lo seré cuando empiece a usar el Twitter como Dios manda. Lo he hecho para poner las fotos de Buenos Aires, porque tenía un montón de fotos de cosas que en realidad no son nada y dan un montón de rollo flickr. En realidad las iba a poner en el blog, pero luego he pensado, esto es lo típico para lo que uno se abre un flickr, así que dicho y hecho.

Y no voy a terminar de contar las excursiones en Buenos Aires porque no, y punto en boca. Porque no quiero, porque lo he intentado cincuenta veces y no puedo, porque cada vez que voy a escribir en el puñetero blog lo que hice en Buenos Aires durante mis vacaciones me recuerda el hecho de que ya no estoy de vacaciones. Y eso no me hace feliz. Ni un poquito.
Solo resumiré, rápidamente, en unas pocas pinceladas. Recoleta, centro cultural, cementerio, tumbas, arañas, gatitos, Evita. Palermo Viejo, casa de Borges, plaza Serrano, tiendas pijas, casitas de colores, calles barcelonesas, más comida asiática, tienda monísima, dependiente monísimo, café sobre el tubo de escape de un autobús. Aeropuerto de Ezeiza diminuto, diez horas de retraso, vuelta medio rara, que pena, que jet lag. Ya estoy en casa.
Y ha pasado una semana.
Podría contar todo lo que he hecho estos días a riesgo de matar de aburrimiento a mis lectores (hola a los tres, nuevamente), así que he decidido hacer un resumen menos pormenorizado y más entrado en materia. Pondré títulos para una fácil estructuración de la información.
Excursión a Tigre. Tigre es un pueblo a las afueras de Buenos Aires, el único punto en el que la megalópolis tiene salida medio directa a aguas abiertas (no se si es mar o es río, en este continente las escalas son distintas). Se puede ir de dos maneras. Hay un tren que cuesta 85 centavos (aproximadamente 18 eurocent) y te lleva directo. Y hay otro que por los mismos 85 centavos te lleva hasta la estación de Mitre, donde puedes subirte en otro (el tren de la costa) que vale ni más ni menos que 10 pesos 10, es decir, más de un orden de magnitud más caro, y te lleva a Tigre. La diferencia de precio se explica porque uno de los trenes tiene cortinitas, asientos tapizados y megafonía, y el otro parece sacado del metro de NYC en los 80.
Cuando llegué a Tigre, en fin, se me cayó el alma a los pies. ¿No era tan lindo, Tigre? ¿No había que verlo, Tigre? Pues el tema es que la estación del tren de la costa no te deja en la parte más bonita de Tigre precisamente, sino entre un parque de atracciones y un casino, que será lo que quieran, pero no es lo que yo había ido a ver. Luego fenomenal, había un puertecito muy bonito donde comí un vacío riquíiiisimo, y un matabre que no estaba riquísimo para nada, pero todo muy idílico. Y como la comida me costó más de lo que preveía sólo me quedaron cinco pesos, que para el tren de la costa no daba, así que me tuve que adentrar en el pueblo para buscar la estación de la línea Mitre, que es la de 0.85. Pues no me pudo pasar mejor cosa, porque resulta que el pueblo es precioso. Todo lleno de casitas de colores, gente paseando perros y montando en bicicleta, payasos haciendo malabares y pompas de jabón, acróbatas, un oso en un monociclo y un gran espectáculo de fuegos artificiales. Es verdad hasta lo de los payasos.
El tren de vuelta tardó la intemerata, unos setecientos años calculo, e iba parando en todo tipo de suburbios en los que se subía todo tipo de gente. La próxima vez que alguien se queje de que se sube un yonki en el metro a decir algo, le pego. Aquí se turnaban, no eran yonkis, vendían cosas, vendían cosas como espejos de baño. Lo más natural del mundo, estar en la línea Mitre y decir, qué cosas, lo bien que me vendría a mi ahora mismo un espejo de baño para admirar mi simpar belleza. Qué decir tiene que si uno necesitaba un alfajor, cotonetes, pañuelos desechables o pegatinas de las princesas Disney también se podían conseguir y a precios sin comparación.
San Telmo. ¿Qué hace uno en Buenos Aires un domingo por la mañana? Ir al mercado de antigüedades de plaza Dorrego. Lo de mercado de antigüedades es un decir, aunque técnicamente cierto. Antigüedades encuentras, pero es que encuentras literalmente de todo. ¿Un disco de Clara Morena? ¿Un póster desplegable y troquelado de Parchís? ¿Un teléfono onda 70s en plástico naranja moldeado? Helo en plaza Dorrego. Por supuesto he mencionado las cosas más interesantes que había, todo el resto eran unas mierdas de impresión, supongo que como en el rastro, aunque como yo nunca he estado en el rastro no puedo comparar.
Las calles son impresionantemente bonitas, con su empedrado, sus vías de tranvía por las que hace muuuucho que no pasan tranvías, sus artistas callejeros, sus simpáticos niños carteristas… Una estampa no muy distinta del centro de cualquier ciudad europea que no sea Düsseldorf. En todas partes te intentan vender unos souvenirs monstruosos, feísimos, hechos de cuero, que te hacen dudar si era necesario matar una pobre vaca para fabricar semejante monstruosidad. Luego te acuerdas de que estás en Argentina, que a la vaca la han matado para comérsela y que el tema cuero es un subproducto, y te sientes mucho mejor.
Una volantera me invitó a pasar a comer a un restaurante muy bueno que había, que era el mejor de la ciudad, y el más barato. Dudé de lo veraz de sus audaces afirmaciones (de hecho tiraba a carillo) pero el lugar ciertamente era bonito, así que me di el homenaje. Pedí los ñoquis del 29 (hete aquí que te hete que es tradicion en BAires comer ñoquis el dia 29, y que casualmente era dia 29) y le pregunté a la camarera si las raciones eran muy grandes. ¿Para qué? me pregunta ella. Para pedir dos platos, respondo yo. Y, no son muy grandes, pedí dos, respondió ella. Bueno, esto es una lección para visitantes a la Argentina: sí, sí son muy grandes; no, no pidás dos. Donde sea, en cualquier parte, una ración de lo que sea es suficiente para alimentar a una familia durante un par de días. Si la familia es africana les dura una semana.
Una generalización de esas tan fantásticas y que tanto me gustan para terminar de cerrar: que un argentino asegure algo como si estuviera seguro de ello no es garantía de absolutamente nada. Probablemente se lo esté inventando.