Y no es particularmente amplio. Soy proclive a la ira y a perder los nervios, muy especialmente cuando se me trasiega con las fibras sensibles, que son unas muy concretas y muy sensibles. Mis fibras sensibles son:
Seguro que hay más, o hay menos, o hay subcategorías. Pero, a grandes rasgos, estos son los cinco caminos, como en el budismo, para llegar a mi cólera.
Niños, no lo intentéis en casa.
El otro día salí. Resulta que por la parte de atrás de Sol hay unas calles y unos edificios y sobre todo muchos restaurantes, y a eso le llaman La Latina y Lavapiés. Para mí son indistinguibles y no sé en qué momento de la noche cruzamos la frontera entre las dos, pero al parecer son cosas distintas.
Primero fuimos a un bar muy pequeño, pequeñísimo, tan pequeño que mi primera reacción fue buscar la ranura para las monedas y el auricular, pero luego no era una cabina telefónica sino un bar, así que me pedí una caipiroska de fresa. Los cócteles son una cosa que inventaron los anglosajones para acabar con la civilización. Me explico: el alcohol nos avisa de sus perniciosos efectos con su sabor repugnante e intragable; se toma como una medicina que suelta la lengua y aligera los pies. Sin embargo cuando uno coge alcohol y le pone zumitos de frutas y azúcar y sirope y angostura -que yo no sé que será pero lo llevan todos los cócteles- pasa de ser un brebaje repugnante a ser un brebaje dulce. Y todo el mundo sabe que en las escalas de casi cualquiera dulce está por lo menos un par de puntos por encima de repugnante.
El caso es que salimos del bar dichoso yo no sé como. En realidad sí lo sé, a mi me dió un ataque de calor y de hipo y salí con las orejas del color de las fresas recién cogidas y armando un escándalo que parecía que habían llegado los gitanos a la ciudad. Del bar este, decía, teníamos que ir a otro bar, se conoce que al bar de las zapatillas, que nunca sabré cuál es porque nunca llegamos. Empezamos a subir cuestas y bajar cuestas que aquello parecía Lisboa, y cuanto más subíamos y bajábamos menos gente se veía por la calle, y la gente que se veía mejor no verla porque daba repelús.
Al final llegamos a un lugar que no era el bar de las zapatillas, pero yo entre los cócteles de fresa y la sansilvestre vallecana que acababamos de hacer nunca llegué a averiguar por qué. Allí aprendí que la cerveza reactiva los ataques de hipo y que casi cualquier cosa es una buena pick-up line, incluido el artículo 99 de la constitución (la investidura del presidente del gobierno, para los lectores curiosos).
Resumiendo, que al cabo acabamos en un célebre sótano de la noche madrileña, que estaba de bote en bote porque pinchaba Guille Milkyway, y como ahora La Casa Azul es mainstream todo Madrid estaba viendo como pinchaba. Que ahí tuve yo un conflicto importante, porque a mi La Casa Azul no me puede gustar menos, pero el caso es que me gustaba todo lo que pinchaba salvo la propia Casa Azul, que cayó un par de docenas de veces. Ponía una canción de un grupo que me horroriza, pues justo era la canción que no me horroriza, era la que me gusta. Ponía todas esas canciones que no ponen nunca en ningún sitio y yo quiero que pongan. Ponía todo eso y yo me enfadaba muchísimo, porque como ya he dicho, no me gusta la casa azul.
Luego me fui a casa. La historia es más larga pero me he cansado. Solo diré que el hipo volvió.
La derrota es amarga. Es amarga y cruel, y frecuente. Cuando no llegas a un semáforo y se te pone rojo en las narices, cuando no queda coca-cola light en la máquina que queda más cerca de tu mesa, cuando el último cigarro sale del paquete partido en dos, cuando nadie te llama un viernes. La derrota es constante, y a diferencia del resto de las cosas amargas nunca se le llega a coger el gusto.
Hay canciones que me dan sensación de derrota, aunque la letra no esté necesariamente relacionada con ese concepto. Exactement de Vive la Fête, por ejemplo, es una canción que —como todas las de Vive la Fête, por otra parte— tiene una letra más bien tirando a subnormal, y sin embargo para mi es una canción de derrota. Lo mismo es por la música, tiene unos sintes un tanto desasosegantes, como disonantes, no sé explicarlo. O lo mismo lo tengo inconscientemente asociado a un momento duro de mi vida. No lo sé. No obstante, he aquí una lista de canciones que asocio con la derrota en ningún orden en particular:
Las predicciones sobre el futuro no se pueden hacer racionalmente. Es imposible que consideremos todas las posibilidades, evaluemos las consecuencias de todos nuestros actos y predigamos con la más mínima precisión lo que va a ocurrir. No obstante si uno se deja llevar y recibe del cosmos las ondas invisibles, y decide hacer caso de una sensación, y la consigue enunciar, entonces es medio probable que acierte. Por ejemplo, hará una semana y pico quedé con V. para tomar algo. Habíamos quedado a las cinco de la tarde, y sin embargo, yo sabía que ibamos a cenar en un indio y que iba a medio-encontrarme a G. Hace muchos años cogí el circular (cuando todavía había solo uno) y pensé, «fíjate, cuando me baje me voy a encontrar con Fulanito de tal». Me bajé y allí estaba, en la parada. Él estaba sorprendidísimo, pero yo ya lo sabía, me lo habían dicho las ondas cósmicas. Hay más ejemplos, pero el patrón está establecido.
Hace cosa de un año y algo dejé un trabajo. Lo dejé porque me invitaron a no ir más, ya que no me habían renovado el contrato y al parecer hoy en día eso es señal de no ser bienvenido en una empresa. Y yo, casi en el mismo momento, supe que había sido para mejor, que iba a acabar en cierta compañía concreta y que además iba a venirse gente de mi antiguo trabajo, la primera de las cuales sería LR. Cuando a fecha de hoy veo que todas y cada una de las cosas que predije se han cumplido, me asusto.
Tengo el síndrome de Casandra: el futuro no tiene misterios para mí. Corrijo, el futuro está lleno de misterios para mí, pero de vez en cuando un destello de luz me ilumina y descubro algo tan claramente y con tal certeza que asusta. Si se lo digo a la gente, no me cree nadie. Pero luego se cumple. Como le pasaba a Casandra. Que no metáis el caballo dentro de la ciudad, que está lleno de griegos… Y todos a meter el caballo.
Luego, cuando os pasen a cuchillo, no me vengáis llorando.
Esta mañana me he levantado a las 4.30. Correcto. Un sábado, cuando la gente está todavía bebiéndose una copa que podría no ser la última, cuando los que han salido de caza se empiezan a poner nerviosos por si esa noche fueran a volver sin un trofeo, cuando los amigos se abrazan y se dicen cuánto se quieren, entonces yo estoy levantándome para ir a trabajar. No siempre, sólo a veces.
Esta mañana cuando estaba en la ducha, a las 4.45 aproximadamente, me ha sobrevenido la Inspiración. No recuerdo sobre qué era, sólo recuerdo que era una Idea Magnífica y que tenía que escribirla para que no se me olvidase. Evidentemente no lo he hecho, y evidentemente se me ha olvidado.
¿Por qué siempre, cuando me estoy duchando, me sobrevienen soluciones, ideas e inspiraciones que desaparecen? ¿Por qué las mejores ideas son hidrosolubles? Probablemente los judíos tengan razón y Dios sea un tipo vengativo y con muy mala idea, que inventó la ducha para darnos la ilusión de que podemos pensar con claridad, pero es volver al medio seco y perderse todo. A lo mejor los delfines lo saben todo, y nos lo podrían explicar, pero nos empeñamos en comunicarnos con ellos fuera del agua y claro, según sacan sus redondeadas y plateadas cabecitas se les olvida todo.
So long, and thanks for all the fish.
Los propósitos, sean buenos, malos o intermedios, hay que hacerlos a lo grande. Espectaculares, bárbaros propósitos que atenacen tu vida, que se conviertan en tu única obsesión, que 24×7 no pienses en nada que no sean tus propósitos. Por eso a mi lo de decir propósito me parece algo escaso, prefiero el concepto de operación. Como en «Operación Libertad Duradera» u «Operación Tormenta del Desierto».
Yo lo he hecho más veces ya, las Operaciones. Recuerdo una Operación Melancolía Sostenible que resultó bastante bien durante un tiempo. Luego hubo ya cosas que ni sostenible ni insostenible, y tiré por la vertiente de la Ira, que como mi Operación Melancolía Sostenible no decía nada de la Ira podía tener toda la que quisiera, que resultó bastante. A quien tenga la intención de probarlo, se lo digo ya: la Ira como sustituto de la Pena es muy buena para ti, pero muy mala para los demás.
Así que aquí estoy, tan ricamente sentado después de cenar, escuchando los discos de Tullycraft, Daniel Johnston, Mikrofisch y Barcelona —ojito, no son I’m from Barcelona, son otros mucho más raros— que me he bajado hoy del soulseek he comprado hoy legalmente en un comercio legítimo y que durará muchas décadas más, y estoy mascando mi próximo plan maestro. Llevo mucho tiempo diciendo que tengo un plan, y me he perdido un poco en los pormenores de su implementación, pero ya estamos en ello.
Pienso también en los albanokosovares. Criaturitas, nadie piensa nunca en ellos.
Las capitales europeas, por lo menos las occidentales, son como el cuento de los tres ositos pero con más ositos. Digamos cinco. Londres es demasiado frío, París demasiado aburrido, Lisboa demasiado escarpada, Madrid demasiado dura, Barcelona demasiado cerrada. Roma es demasiado Roma. Todas estas ideas, estos tópicos que se tienen sobre Roma no son ciertos. Roma no es sucia, caótica y turística. Es muy sucia, muy caótica y muy turística. La basura se amontona en las esquinas, las calles están mal asfaltadas (cuando no tienen todavía el adoquinado que pusieron en la época imperial, hundido y deslavazado) y los coches y las motos circulan por cualquier superficie que no esté cubierta por edificios (y algunas que sí). Las hordas de turistas han tomado posesión de cada esquina y cada piedra, todos los letreros están en inglés macarrónico y los precios están inflados como los globos del séptimo cumpleaños de una niña estadounidense. Hay una sensación siniestra de parque temático, y en lugar de Mickey Mouse hay pakistaníes con cámaras Polaroid haciéndole fotos a la gente por una justa compensación frente a cualquier piedra que lleve ahí más tiempo que la luz eléctrica.
Pero que no me entiendan mal, no me estoy quejando: eso es exactamente lo que es Roma, es lo que uno va a ver. Las calles desastrosas son Roma. Los viajes de fin de curso son Roma. Los españoles vociferando por Roma son Roma. También las pequeñas manadas de monjas y curas cruzando la calle de iglesia milenaria a iglesia milenaria; los edificios en seis o siete capas (la republicana, la imperial, la paleocristiana, la renacentista, la barroca, la contemporánea); apoyarse en una pared y de pronto ser consciente que un tal Lucio se apoyó en esa misma pared 2200 años antes porque también estaba cansado de bajar la misma calle; leer las inscripciones y ver que la historia de toda Europa lleva girando en torno a Roma más de dos milenios; el Tíber ni tan magro como el Manzanares ni tan domesticado como el Sena o el Támesis; todo eso es Roma. De pronto uno gira una esquina y se ha separado de la procesión de turistas, y está en una calle silenciosa: a un lado se ve el Coliseo, al otro la basílica de los Cuatro Santos Coronados se levanta como una montaña que estuviera a punto de caerse. Y entonces uno está en Roma, en la misma Roma en la que todos quieren que coma en su restaurante, monte en su calesa, se deje sacar una foto o suba a su autobús de dos pisos.
La sensación de parque temático va a mas si se escucha a la gente que va por la calle. El idioma que más se escucha es el español: monjas y curas españoles o hispanoamericanos inundan la ciudad, y los turistas más gritones y vulgares son los españoles, seguidos muy de cerca por esos grandes maestros del griterío que son los argentinos. El francés también se oye (belgas y franceses tienen mejor fama, pero son casi tan berrendos como sus vecinos del sur) y si uno pone mucha atención, los grupos de gente alta, robusta y susurrante suelen estar compuestos de alemanes. Los ingleses, los holandeses y los escandinavos son casi indistinguibles entre sí, y el resto son todo pueblos asiáticos que en su mayor parte probablemente ni conozca. Parece que no hay italianos.
Roma es sucia, ruidosa, catastrófica y desordenada. Pero lleva siéndolo tanto tiempo que hay que reconocer que tiene su mérito.
Nota: obsérvese mi ataque de originalidad que ha conseguido superar la tentación de recurrir a los más oscuros ardides de la vulgaridad . No he titulado el post «Vacaciones en Roma».
Probablemente son novios,
probablemente se divierten
sólo tenerlos enfrente
me pone enfermo probablemente.
No los conozco y los odio,
mis odios no son exigentes,
ya no soporto a la gente,
si eres feliz eres deprimente.
Las cosas de los demás deberían darme igual.
Probablemente son novios,
solo mirarse les divierte,
sólo reconocerse,
están enfermos probablemente.
No los conozco y los odio,
mis odios no son exigentes,
ya no soporto a la gente,
si eres feliz eres deprimente.
Las cosas de los demás deberían darme igual.
(Los Punsetes :: LP :: Queridoalberto)