Anoche cuando llegué del trabajo -particular énfasis, por favor, en el hecho de que venía de ganarme el pan con el sudor de mi frente, ya se verá por qué- me encontré con que en Antena 3 estaban poniendo una especie de reportaje-documentoso sobre qué cosa es ser rico. Para una persona como yo, que desde la más tierna infancia he tenido clarísimo que mi única vocación es formar parte de las clases ociosas, ver un programa como este es contraproducente. Salían varias historias, cada una presentada por una persona distinta. Realmente reveladora sólo era una, las demás trataban sobre gente de ésa que lo intenta, casi llega, pero no.
Pepón Nieto hacía una historia sobre un tipo que es asesor de imagen. Es de esperar que alguien que asesora a los demás sobre la pinta que tienen que llevar llevará él mismo un aspecto en condiciones, pero resulta que no. El chico aparentaba trece años, o veintidos, que es una edad a la que no se puede asesorar a nadie sobre nada porque tú mismo no tienes ni idea. El chico empezaba a decirle a Pepón Nieto que iba hecho un cuadro, cuando su propio look era de película de terror: camisa negra, corbata de cuadros tipo pole-position, rebeca con cuello pico abierta y de rayas anchas grises y negras, pantalón negro y (aunque no salían) me juego la vida a que llevaba unas All-Stars con algún tipo de motivo en blanco y negro. Y tupé. Total, que el muchacho iba hecho un cromo de los que salen con los Phoskitos, pero él erre que erre con que Pepón Nieto iba horroroso.
Aparte de las materias del vestir, este chico decidión enseñarle a Pepón un poco de protocolo. Pienso yo, «¡protocolo! qué interesante, con lo que a mí me gustan estas cosas». Mi gozo en un pozo. Lo que este muchacho llama protocolo en mi casa lo hemos llamado siempre las más elementales normas de urbanidad. ¿Qué pasa? Que claro, si te has criado en una casa en la que se eructaba después de comer igual te sorprende. Para mí las cosas que decía eran casi para una comida informal. Claro que al muchacho se le notaba que era bastante nuevo en todo esto, que era de un entorno socioeconómico más bien obrero y que esto lo había aprendido más de mayor. No es por clasismo, pero cuando estas cosas las sabes desde pequeño te las tomas con más naturalidad.
El personaje, sin embargo, que me cautivó, es una señora cargada de diamantes y ropa de valentino, con los ojos semicerrados y más hilo de oro en el cogote que pelo en la cabeza, y rica, rica, pero rica de verdad. Ser rico, decía, para ella, es hacer lo que te da la gana. Que se iba de compras a París, y le preguntaban «cuántas veces en un año podrás venir a París» y ella respondía, sin desgana pero sin darle importancia, «no sé, a mi me apetece venir, y vengo». Salía la señora probandole a la reportera vestidos de Valentino y abrigos de Azzaro y zapatos de Prada y pasándoselo bomba, porque la señora era muy divertida. Pero lo mejor eran las frases, lapidarias, perfectas, absoluta y completamente millonarias:
La señora esa bastante inteligente, ojo, y en ningún momento decía ninguna tontería. Lo que pasa es que cuando se llega a un cierto nivel de riqueza ya uno puede decir lo que le de la gana. El resto de participantes en el programa oscilaban entre lo pijo (que no es para nada lo mismo) y lo directamente chabacano (comprarle a tu chihuahua Paris un body de lentejuelas no es ser rico, es ser imbécil). El único momento en el que el programa volvió a rozar lo auténticamente millonario fue con una señora de ranci abolengo que dijo la frase que lo definía todo:
El dinero es necesario para vivir. Sólo eso. Que luego puedes tener un jet privado y como te da miedo luego no lo usas nunca. El dinero lo único que es es necesario para vivir. Para vivir en condiciones, se entiende.
La vida te manda mensajes de las formas más inopinadas. Por ejemplo, a través de una cortinilla de la FOX: estás preparando macarrones con tomate tan tranquilo en la cocina cuando una voz te llama, como si fuera una zarza ardiendo, y te dice: «Ver series puede hacer que tu fin de semana merezca la pena». Toma ya. ¿Qué clase de fin de semana es tan sumamente triste que puede pasar a merecer la pena por ver tres episodios repetidos de Anatomía de Grey? He tenido fines de semana trístes —con voz de Pablo Neruda: podría contarte los fines de semana más tristes esta noche…— pero ninguno tanto como para ver por enésima vez el episodio de Los Simpson en el que Homer compra la casa de MC Hammer —mal leído por el doblador como /mac•’ja•mer/— o el de Padre de Familia en el que Peter se tira un pedo de dos minutos y medio hagan que merezca la pena. Merecer la pena es una cosa muy fuerte, y francamente, tres episodios seguidos de Bones no lo son se ponga como se ponga el señor Rupert Murdoch.
Por supuesto el de la FOX es un caso extremo, pero es uno de tantos. ¿Cuántas veces parece que la portada de una revista, el estribillo de una canción, el eslogan del catálogo de Ikea está escrito para nosotros y nadie más? Redecora tu vida, pierde 4 kilos en 15 días comiendo sólo helado, él es un imbécil y tú tienes razón. El cactus donde debería estar tu corazón, Luis II de Baviera, sugerencia de presentación. El litro te sale a 1 euro, no retornable, consulta con tu farmacéutico. Todo son mensajes, y más a menudo de lo que se podría esperar, parece que la vida nos los manda de refilón para que los veamos, para que los entendamos y, sobre todo, para que actuemos.
Sé muy bien que es un error pensar que los elementos se conjugan para tratar de comunicarnos algo, y que eso en medicina tiene un nombre que empieza por e y termina por squizofrenia. Uno empieza pensando que le habla el catálogo de Ikea y termina comiendo pastillas rojas, verdes y amarillas en Ciempozuelos. Pero en el sanatorio, no en una rave. Sin embargo, aún a riesgo de que vengan a buscarme unos señores de bata blanca y tenga que marcharme abrazado a sus brazos fuertes como robles confesándoles que siempre he dependido de la bondad de los desconocidos, os diré que hoy la carretera, o más concretamente un luminoso de la carretera me ha mandado un mensaje a mí, y a nadie más que a mí: es momento de parar.
A-men, sister. A-men.
En Barajas, en el pasillo que va del Metro a T1 y T2 hay una vitrina con madroños de plástico en la que suelen poner exposiciones. De vez en cuando les da por el rollo mochilero y ponen fotos de niños del África, que tienen hambre y sed y probablemente garrapatas: se entiende que lo ponen porque así aplacan sus conciencias. Al fin y al cabo un aeropuerto debe ser la cosa con más carbon footprint del universo, y ya que van a ser los instigadores de la extinción de la humanidad por el efecto invernadero lo mínimo es poner algo de su parte para que los niños del África tengan la fortuna de presenciar tan señalado acontecimiento.
Sin embargo, lo peor es cuando les da por el rollo artístico. Corrijo, rollo «artístico», así entre comillas francesas. Hoy en día hay una rama del arte que podríamos llamar el arte chungo. Es una corriente como fueron en su momento el naturalismo, el dadaísmo o el art nouveau, que consiste en hacer una cosa que formalmente es arte y que sigue la estela del arte contemporáneo en aquello de hacer series, grupos de obras relacionadas entre sí sea por el objeto o por el método. De las exposiciones que más me han marcado en los últimos tiempos recuerdo, por ejemplo, una de cuadros de zapatos particularmente tenaz en su cruzada contra todo lo que es bueno y puro.
Consistía en una serie de cuadros, todos del mismo zapato con distintos estampados. Lo que pretendía ser naïf no conseguía serlo, quedándose más en un estilo trabajo de plástica de cuarto de EGB bastante poco impresionante. Lo mejor de todo era su novedoso uso de los materiales, sobreimponiendo al cuadro pintado propiamente dicho aditamentos que sobresalían de su superficie, tipo lazos y cordones. Absolutamente contra-natura. También merece mención de honor la serie de cuadros de gente desnuda con botas militares tipo primero de Bachillerato artístico (ésta por lo menos llegó a la secundaria) que despedía un terrorífico tufo a lesbiana rapada contracultural.
De todos modos, no estaría escribiendo esto si no fuera porque las autoridades aeroportuarias, en su inconmensurable omnisciencia, han levantado el listón a alturas propias del sector aeronáutico (como no podía ser menos) con la última exposición que han elegido para la mediana del pasillo Metro-T2. Son unos lienzos envueltos en telas retorcidas entre sí y atadas con cuerdas. Sí, exactamente eso. Telas retorcidas y atadas. Aparte de los lienzos también hay una silla forrada en la misma tela de lona. Forrar una silla con lona hasta ahora había sido considerado bricolaje, pero ríndamonos ante la nueva realidad que nos trae el s. XXI: ahora eso es ARTE. Para que se note que es arte, porque los pasajeros son una raza cruel y poco sensible a las veleidades de la comunidad artística, le han puesto unas pajas por encima como si fuera el belén que ponen en el salón municipal de un pueblo de la sierra. No obstante, la mayor ofensa, el peor crimen que comete esta exposición no es redefinir el arte como la mecánica de recubrir objetos con lona y cuerdas, sino su título. En un alarde de creatividad, añadiéndole insulto a la injuria, el autor (cuyo nombre mantendremos en secreto por su propio bien) decidió darle a la exposición un título original, fresco e impredecible: Entre Lazos.
Queda visto para sentencia.
La alergia me consume. Me levanto todas las mañanas con una bola en la garganta más grande que un puño. No puedo respirar, toso, y hablo como los resfriados de los dibujos animados. Por lo demás me encuentro tan fresco como una lechuga, o tan fresco como una lechuga que no puede respirar, porque me canso más de lo habitual, pero vamos, bien, si no fuera por la congestión. Lo digo porque pronto empezamos, si ya a primeros de marzo estamos con estas, no me quiero imaginar junio. Pero como ya he dicho, tengo la certeza de que este año se nos viene una temporada Primavera-Verano cargada de apocalipsis, armaguedones y ragnaroks, y que bastante si llegamos con todas las extremidades, no vamos a querer llegar ya sin mocos. Porque yo tengo el síndrome de Casandra, y nadie me cree, pero el apocalipsis viene, y será terrible.
Mientras tanto disfruto de mis últimas horas de asueto: en unas pocas horas estaré de nuevo en el trabajo. Esto es lo fantástico del trabajo por turnos: que el fin de semana te pegas el palizón de salir y trabajar y todo, pero luego tienes dos días y medio para estar en tu casa en pijama y reponerte. Eso a veces, claro. Otras no. Hablando de lo cual, que estoy muy estresado pensando en mis vacaciones. Porque yo me las pedí hace tres meses, con intención de cruzar el atlántico hacia las verdes llanuras de Maryland, muy contento, pero se conoce que las gentes con las que iba a cruzar el atlántico hacia las etc etc, no va a poder cruzar ni el atlántico ni prácticamente la calle, así que estoy como al principio. Estaba pensando en Buenos Aires, pero es una ciudad poco solitaria. Acabaré en casa.
No se nota, pero estoy todo el rato alrededor de una cosa y no la digo.
Y la mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, y adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas, y tenía en la mano un cáliz de oro lleno de abominaciones y de la inmundicia de su fornicación: y en su frente un nombre escrito, un misterio: Babilonia la grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra.
- Apocalipsis, 17:4-6
Yo creía que cuando llegase el fin del mundo los presagios serían otros, más espectaculares, más dramáticos y probablemente más relevantes para el grueso de la población del mundo. Pero los caminos del Señor son insondables, y Su voluntad inescrutable, y yo, que tengo un je-ne-sais-quoi para predecir tendencias, predigo, como un Criswell del siglo XXI sin el rollo chungo y sin Bunny Breckinridge, que el fin está cerca.
La primavera es una época peligrosa. Normalmente la raza humana emplea la mayor parte de sus energías en reprimir sus sentimientos, pasiones e impulsos: loable propósito que en primavera se ve trastocado y convertido en todo lo contrario. De pronto todo el mundo corre por ahí como pollos sin cabeza, dispuestos a ceder a lo más bajo de su naturaleza y festejarlo en una explosión de lágrimas, saliva y otros fluidos corporales. Además no se puede pedir consejo a los amigos, lo primero porque ellos están en lo mismo, sujetos a su condición temporal, y lo segundo porque al fin y al cabo es el ciego guiando al ciego, y es que si uno no sabe lo que tiene que hacer lo van a saber los demás. Y es que qué apoyo te van a dar si el que no está como tú es por que está peor.
Yo mientras reflexiono sobre qué hago con mi vida, y acabo enseguida porque la conclusión es que no hago nada. Entiéndaseme bien: no lo digo dramático, tirándome al estanque con una corona de flores o-woe-is-me; lo digo descriptivo y científico. Lo que me pasa a mi es lo que le pasa a todo el mundo, que vas al trabajo, y el resto de la gente también, y te pasas allí el día y luego estás tan cansado o es tan tarde que no haces nada más, o toda la gente que conoces está durmiendo o en el trabajo a las horas que tu puedes hacer algo, y cuando tienes un rato libre tienes que hacer tantas cosas que es casi peor. Necesitamos una revolución. Necesitamos reconquistar nuestras vidas, recuperar nuestro tiempo libre. En la edad media los campesinos franceses se pasaban tres meses durmiendo, desde la cosecha hasta la siembra. Cosechaban y decían, «Ale, a dormir todos», y se metían en la cama y venga a dormir y a dormir durante tres meses. Evidentemente tenían que dormir durante tres meses porque en aquellos tiempos no había cine ni internet y la cerveza era de muy mala calidad: el único entretenimiento de masas era la iglesia, y, en fin, yo entiendo que eligieran dormir.
Había escrito aquí un párrafo que era una llamada a la revolución pero estaba muy mal escrito, muy poco argumentado. Resumo estilo web 2.0. Tags: medios de producción, control, huelga general, televisión, superestructura, infraestructura, capital, dialéctica histórica, revolución.
Et cependant tout le monde veut respirer et personne ne peut respirer et beaucoup disent «nous respirerons plus tard». Et la plupart ne meurent pas car ils sont déjà morts.
- París, Mayo 1968