Esta mañana —por razones que no vienen al caso— estaba tomandome un café en una de esas cafeterías que últimamente se multiplican por la capital, que parecen cafeterías normales pero deben tener algo argentino porque tienen todo tipo de bollería argentina, que como todo el mundo sabe es la mejor del universo conocido. Alfajores de varias clases, una cosa que no sé como se llama pero que si lo compras en Havanna se llaman Havannets, y el cuerpo del delito, croissants.
Aclaro para los menos viajados que yo que en Argentina algunas cosas se llaman distinto. El metro se llama subte, los autobuses se llaman colectivos, y los párking de pago se llaman playas de peaje. Los croissants, por supuesto, no podían ser menos, y se llaman medialunas, que por cierto las hay de grasa y de manteca. Las de grasa son de manteca y las de manteca son de mantequilla. ¿Se me entiende?
Pues esta disertación acerca de las complicaciones del croissant allende los hemisferios tiene su razón de ser. Cuando estaba tomando el café, un cliente argentino le ha pedido la carta a la camarera. El cliente argentino era argentinísimo, no uno de esos argentinos descafeinados que por llevar ni se sabe los años en España ya dicen tienes y coger. No, era un argentino de los que dicen tenés y agarrar y que cuando dicen coger no se refieren a eso, y además tenía un acento porteño incontestable.
La camarera era argentina descafeinada —que no lo digo como algo malo, todo el mundo se descafeina cuando lleva mucho tiempo en otro país— que decía tienes, y coger e incluso decía las ces como las decimos los castellanos. Y aunque yo me estaba dedicando a lecturas más edificantes —el Vanity Fair, para más señas un artículo de un escritor argentino que no podía ser cafeinado ni descafeinado porque escribía en tercera persona— de pronto me he dado cuenta de que el cliente y la camarera llevaban cosa de diez minutos discutiendo de croissants. ¿De croissants? Descafeinados los dos.
Al final nos pasa a todos, cuando estamos fuera: ¿y en qué le hablo? ¿Y qué le digo? ¿Debo tratarle de una manera distinta solo por haberse dado la casualidad de que los lugares en que nacimos compartían un gobierno en el momento en que lo hicimos? Así me he visto hablando con españoles en idiomas ajenos y dialectos extraños, y cuando yo he estado en Argentina me he encontrado esquivando palabras equívocas incluso en conversación con mis compañeros —españoles— de viaje.
Y las ganas que tengo yo de volver, ¿quien me las quita?