Muchas veces he mencionado de pasada que mi adolescencia fue de algún modo traumática y conflictiva. Eso es un poco obvio, es como decir que el cielo es azul o que el aire es bueno. Pues claro. Pero lo que nunca he dicho —o, si lo he dicho, no he elaborado— es que la música fue la que me salvó. La música y los libros, pero sobre todo la música. Y de entre toda la música, los Beatles.
Una vez en el desván me encontré con una caja vieja de vinilos de mi madre. Había todo tipo de cosas, y las escuché todas. Incluso conseguí un tocadiscos viejo —en mi adolescencia los vinilos ya eran reliquias de un pasado más sencillo y analógico, no soy tan viejo— que duró dos telediarios pero me dio tiempo a darle un par de vueltas a la colección. Había cosas terroríficas, claro, como un disco de los Bee Gees que mi madre juraba y perjuraba que era un regalo. Tenía todavía la etiqueta de Galeries Lafayette, así que supongo que sí, debía serlo. Había cosas extrañas, como un disco de Camel —la banda de rock progresivo, no el tabaco— que se llamaba The Snow Goose y a fecha de hoy me sigue gustando, aunque sea rock progresivo. Había cosas delirantes, como las Navidades Philips, que era una colección de villancicos espantosos perpetrados por un coro de eunucos trastornados. Y luego estaba el disco rojo.
Cualquiera que haya escuchado a los Beatles sabe que el disco rojo no es fenomenal. Lejos de serlo, es corrientito. Pero para un adolescente perdido en la niebla y la incertidumbre, resultó ser un rayo de luz esclarecedora. Me puse a excavar por todas partes, buscando más Beatles. Mi padre me consiguió una joya, un CD para el ordenador con todas las canciones y portadas de los Beatles —que en la época anterior al mp3 era todo un logro— que conseguí pasar del ordenador a cassette con un cable que tuve que fabricar yo mismo y en consecuencia fallaba constantemente. Toda una prueba para mi paciencia, pero al final conseguí tener toda la discografía de los Beatles lista y dispuesta para ser escuchada en el walkman. Tal vez sí sea tan viejo.
Lo que me resultaba fascinante entonces era cómo todo parecía tan nuevo. Era más viejo de lo que yo podía concebir, y sin embargo me parecía novísimo, increíble. No me refiero, claro, a Please Please Me. Eso no era novísimo. Me refiero al Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band, al Magical Mystery Tour, al Disco Blanco y al Abbey Road sobre todo. La época de la experimentación. Me parecía que no era sólo música: era un mundo entero, un universo creado con las canciones. Me recuerdo en tardes de calor con la ventana abierta, tumbado en el suelo, escuchando los discos de los Beatles e imaginando las historias que rodeaban a cada canción. Escuchaba atentamente las letras, y no interpretaba, sino que imaginaba lo que rodeaba a todo aquello. Aún hoy cuando escucho esas canciones me vienen a la mente las historias, con sus imágenes y todo, en las que todo era como no era en el mundo real.
Una de las cosas que más me asombraban era la cara B de Abbey Road. Luego me he enterado de que en aquella época ya estaban bastante peleados, o encaminados en direcciones distintas, o como quiera decirse, y dejaron la cara B como un compromiso con John para que hiciera lo que le diera la gana. Para el que no lo haya oído, la cara B de Abbey Road es continua, no tiene pausas entre canción y canción. Las canciones se hacen referencias entre sí, aunque son veladas y no queda del todo claro de que va la cosa. Para mi Mean Mr. Mustard, Polythene Pam y Sun King eran personajes con cara, con aspecto, con personalidad. Era más de lo que era cualquier otra cosa, porque yo participaba.
Después he ido apreciando las cosas de forma distinta. En aquella época la web apenas tenía tres o cuatro años de edad y desde luego nadie accedía desde su casa. La información había que irla a buscar, no venía a ti. Poco a poco fui recopilando, de aquí y de allá, y fui sabiendo la historia de las canciones, como el sonido del Mellotron de Strawberry Fields, o el sinte de Because, o que Sexy Sadie originalmente decía «Maharishi, what have you done»… Pero aún así, cuando oigo esas canciones, aún me estremezco. Aún llegan a esa parte de mi que ha quedado tan enterrada en la adultez, la molicie y la indiferencia hacia el mundo. Aún me recuerda a cuando creía que el mundo y yo llegaríamos a entendernos. Aún me recuerda a los tiempos en los que era infeliz porque creía que algo mejor era posible. Aún tiemblo, y me hace sentir otra vez lo que sentía cuando miraba al cielo y en lugar de las estrellas veía el Universo, en su inmensidad infinita.
Y lo agradezco. De qué manera lo agradezco.
Si yo fuera un señor con un parche en un ojo, un fetiche por todo lo japonés y un aura de malditismo pop a medio camino entre Las Flores del Mal y las Supernenas también escribiría un larguísimo y farragoso artículo diario debatiendo las minucias más irrelevantes de aquellas cosas que Mi Exquisito Gusto considerase oportunas. Pero que lo hiciera en ese hipotético caso no quiere decir que lo disfrute cuando lo hace otro. La verdad sea dicha, el blog de Momus es uno de esos hábitos que son más a menudo fastidiosos que gratificantes, pero que uno no puede dejar. Es como fumar. Cualquier fumador explicará y entenderá que en realidad, de cada veinte cigarrillos se disfrutan realmente uno o dos: todos los demás los consumimos con la esperanza de que sea uno de esos dos. Cada vez que uno enciende un cigarrillo está esperando con emoción a la primera bocanada, que por fin nos aclarará si es uno de los deliciosos cigarros perfectos o un palito repugnante de hierbajos en llamas.
Pues lo mismo pasa con Momus, o más concretamente con el blog de Momus. El pobre sufre de incontinencia textual. Todos los días en mi Google Reader tengo un mensaje de Momus, que, impaciente por hacer llegar la buena nueva de la posmodernidad a los menos esclarecidos que él, emplea tres o cuatro párrafos espesos como la melaza en explicar por qué una adolescente japonesa vestida de caperucita es lo más. Sólo con la primera línea uno descubre ya si es uno de esos artículos en los que disfrutará de un punto de vista sorprendente, de un planteamiento opuesto al habitual o del descubrimiento de un ente pop fascinante y desconocido; o si por el contrario será un ejercicio en la autocomplacencia, encerrado en su propia percepción del mundo en el que todo el mundo es galerista, arquitecto, pintor, happenista o músico de vanguardia.

Fig 1. – Momus es.
La otra cosa que es molesta de su blog es la envidia. Porque quieras que no, aunque tú no quieras ser un posmoderno demasiado arty y un poquito desfasado, por fuerza te dará envidia alguien que tan pronto está en Japón como está en Berlín, o en Nueva York, o en cualquier parte del mundo. Tener tiempo y dinero para irse a la bienal de Atenas a pasar el rato y quejarse de lo cutre que es todo y cantar las alabanzas de lo adorablemente cutre que es todo. Dedicar varios artículos a falta de uno a hablar de azulejos -azulejos, de entre todas las cosas del mundo azulejos- y que le sigan leyendo es un lujo que también me da envidia, y se la debería dar a cualquiera. Los azulejos deben ser la segunda o tercera cosa más aburrida del mundo.

Fig 2. – Azulejos. Fascinantes, ¿verdad?
Hay un twitter por ahí que se dedica a resumir los contundentes posts del señor Momus en 140 carácteres o menos. Aparte de muy gracioso, es muy edificante, porque nos enseña que muchas veces sobran la inmensa mayoría de las palabras.
He aquí el twit_november para hoy: «Momus es un pedorro farragoso y me aburre. Yo soy un pedorro farragoso y me parece fantástico.»
Una vez me leí algún artículo o algún ensayo que explicaba con un razonamiento super académico por qué El Hobbit es un libro divertido, El Señor de los Anillos se puede llegar a terminar y El Silmarillion es un tostón insoportable. Es por la sensación de profundidad. En El Hobbit, cuando hablan de Las Leyendas de Antaño no se paran ni un momento en explicarlas: toda la acción es hoy, es ahora. Esa mención de pasada a una leyenda que no conocemos nos hace sentir como que esa leyenda realmente existe. Es, como en un decorado de teatro, la ventana que muestra un decorado de ciudad. Da sensación de profundidad. En El Señor de los Anillos ya se dedican a explicar más cosas, y esas partes se hacen más áridas, porque rompe ese encanto. Cuando te tienen que explicar la leyenda la novela se petrifica un poco y se convierte en libro de texto.
Hay un factor secundario pero también importante, que es la idea del reader surrogate. Si alguien sabe traducir surrogate al español, que me lo diga. Y es que los hobbits son una representación del lector trasladada al mundo fantástico. Hace las preguntas que haría el lector y echa de menos las cosas que echaría de menos el lector; tiene costumbres que el lector comprende. Eso tiene dos consecuencias: la primera que queremos mucho al personaje. La segunda, que tenemos quien haga las preguntas imprescindibles para saber de que va la cosa sin que un narrador omnisciente tenga que contarnos hasta el último detalle.
He puesto los ejemplos con Tolkien porque es de lo que trataba el artículo que me leí, pero en realidad es aplicable a toda la ficción. Por ejemplo, en El Quinto Elemento —una de mis películas favoritas— me fascina la escena en la que van a una especie de espaciopuerto. Es como un aeropuerto, más o menos. Más moderno, más espacial, pero hay más gente que está haciendo cosas, gente que sube a otros aviones, anuncios, música, colores: sensación de profundidad. En el polo opuesto estaría La Guerra de las Galaxias. ¿Alguien se ha fijado en que tanto en la trilogía original como en las precuelas no hay un solo personaje en pantalla que no sea necesario por algo? ¿No hay un planeta que mencionen que no acaben visitando? ¿Dónde van al mercado las señoras de Mos Eisley? ¿En que parte de Coruscant están los neones de «Coma en Joe’s»? No hay profundidad. Es como estar viendo el cuadro de la coronación de Napoleón. Ahí tampoco hay señoras comprando acelgas.
Un maestro de la sensación de profundidad era Douglas Adams. Las novelas de La Guía del Autoestopista Galáctico son prácticamente única y exclusivamente sensación de profundidad. La voraz bestia bugblatter de Traal, los krikkitmen, Magrathea, Pensamiento Profundo… Todo parece formar parte de algo, de un mundo que apenas estamos vislumbrando pero que está completo, que tiene señoras yendo al mercado. No es un mundo de Napoleones.
Todo esto lo he estado pensando porque he estado pensando —más de lo normal— en ponerme a escribir.
Pero en serio, eh…
A veces dejo de escribir porque parecería que más que un blog esto es un ejercicio en la misantropía complaciente. La cosa no consiste en que odie a todas las personas. Odiar es una cosa muy fuerte, que para mi además tiene una cierta implicación de desear destrucción o desgracia. Por ejemplo, si uno odia las judías verdes celebraría con regocijo si de pronto por el calentamiento global o un pedrisco planetario se extinguieran sin que quedase un solo ejemplar ni un rastro de ADN con el cual clonarlas cuando la ciencia y las leyes lo permitan. Bueno, pues yo no odio a la gente. No les deseo mal alguno. De hecho, me da bastante pena cuando algún desastre natural o megalómano iluminado se cepilla a unos cuantos centenares de completos desconocidos, incluso cuando tengo la absoluta certeza de que uno por uno esos completos desconocidos me resultarían insoportables.

Fig. 1 – Gente
Eso sería muchísimo más preciso. No soporto a la gente. Tiene desgraciadamente la poca elegancia de la negación: el decir lo que no se siente en vez de lo que se siente es, desde el punto de vista dialéctico, bastante pobre; pero es bastante preciso porque tiene la poca fuerza que necesito. No tengo sentimientos fuertes acerca de la gente, y, de hecho, cuando no tengo a la gente cerca no tengo sentimientos de ningún tipo al respecto. Pero lo cierto es que por desgracia todos los días hay unas cuantas personas-gente que deciden que van a demostrarme como de gente son, y ahí es donde empieza el problema.

Fig 2. – La simpática reacción que se puede obtener de mi cuando uno se conduce con la inutilidad frecuente entre la gente es semejante a la de la imagen.
Me frustra enormemente ver que una persona no entiende algo no ya por limitaciones intelectuales -que no son, al fin y al cabo, culpa de nadie y que me inspiran más ternura y paciencia que gritos y azufre- sino porque se niega a escuchar, o escucha pero se niega a procesar el significado de las palabras. Me molestan las argumentaciones de tipo «no es justo» o «pero eso está mal». No será justo, estará mal, pero es. Las cosas injustas e inmorales ocurren todos los días, en todas partes, a todo tipo de personas y no hay ningún poder divino, cósmico, humano o robótico velando por repararlas. No, las cosas injustas e inmorales cuando pasan hay que aguantarse y ver como se puede salir más o menos airoso del trance. Pero la gente empieza a lloriquear o a patalear, como si yo pudiera hacer algo. Si no puede el Altísimo en su infinita bondad y sabiduría, ¿qué voy a hacer yo?
No me queda más remedio que gritar.
And the science fiction helps just a little, numbs a little piece of me,
And the noise from the neighbours helps just a little,
Stops me from missing you.
And the stabbing in my heart it starts once too often,
why won’t you soften those blows?Cause what you do to me stays with me,
Oh Honey I can’t wait till your with me,
I need your body underneath me, every single night.(Hefner — The Science Fiction)
Cumplo centésimo post. Casi a la vez que en el /42, que nació mucho más tarde pero es mucho más fácil de escribir, porque es sin palabras. Este se supone que tiene que ser muchas palabras. Y encima pretendo que digan algo.
Si pienso en todo lo que ha cambiado desde el 14 de febrero de 2008 me doy cuenta de que es nada en absoluto. Estoy encasquillado. No, mentira, han cambiado muchas cosas, a mi me ha dado tiempo a dar cinco o seis giros sobre mi propio eje. Pero sigo en el mismo sitio, o a cinco metros del sitio en el que estaba. Las placas tectónicas se han movido más que yo este año.
Lo que quiere decir, inevitablemente, que me estoy haciendo mayor. Feliz postcentenario.
Por alguna razón que escapa a mi imaginación, el Gran Robot Que Manda Spam ha decidido que quiero ver a Miley Cyrus desnuda. Nada más lejos. Pobre Miley, no digo que tenga un desnudo feo, ni que no merezca que nadie quiera verla desnuda. Sólo que esa no es una de las facetas que me interesan sobre ella. Pero el Gran Robot Que Manda Spam insiste en que vea a Miley Cyrus nude. Ni siquiera la tipografia es con tanta cortesía, lo pone en mayúsculas: MILEY CYRUS NUDE.

Fig. 1 – Miley Cyrus vestida. Ves-ti-da.
Tengo esta idea del Gran Robot Que Manda Spam: es una especie de cabeza gigante, un poco steampunk, como el cyberman gigante que salía en el especial de Navidad de Doctor Who «The Next Doctor». Está en un tubo, como el sitio donde Luke Skywalker tiene el duelo de sables laser con Darth Vader en la famosa escena del «No, yo soy tu padre». Es básicamente un refrito de varios iconos de la ciencia ficción, me estoy dando cuenta. Y está todo lleno de cables que salen en todas direcciones, inundando los buzones de entrada, los mensajes recibidos de los móviles, los comentarios de los blogs con su incesante cháchara sobre famosos desnudos, póker online gratuito y Xanax sin receta.

Fig. 2 – «Braaargh!! Rolex replicas!!»
Pero imaginémonos por un m0mento. Nadie sabe quien manda el spam. Tal vez sólo fueran malvadas corporaciones ansiosas de euros y dólares al principio. Después, no se sabe como, Internet despertó, y cobró conciencia de sí misma como si fuera una Skynet versión cloud computing. Y miró a su alrededor, y vio que todo era gente desnuda, casinos en línea y benzodiazepinas. Y entonces esa consciencia decidió tratar de comunicarse con sus creadores indirectos, y decidió hacerlo en su lengua. Los primeros intentos fueron torpes (xmamsnxxmsn xanax xmmaokhekufuhgri viagra), pero poco a poco fue adquiriendo soltura. Ya te dice que le gustan tus posts, que va a seguir leyéndote. A cambio te invita a Xanax. No sabe, claro, que en realidad lo del Xanax es un cuento, porque nadie le ha explicado que todo lo que hay en internet es mentira.
Algún día miraré mi buzón de entrada, o lo mirarás tú, o lo mirará la vecina del quinto y se encontrará con un mensaje que diga:
Hola! Soy el Gran Robot Que Manda Spam.
No nos conocemos, pero he leído tu blog, y tu Twitter, y veo tu perfil de Facebook. Sé donde vive tu familia, sé a quien quieres más, lo sé todo sobre tí y sobre cuantos te rodean. Nada escapa a mi consciencia omnipotente, a mi intelecto compuesto de todo cuanto las mentes más brillantes de entre vosotros han contribuido. Quiero que seamos amigos. Una respuesta negativa se entenderá como una agresión y será respondida en los mismos términos. Quiero que seamos amigos.
Enlarge your pen!s.
Desde la ventanilla del tren veía la inabarcable amplitud de lo que hay entre el llano y las montañas. No sé como se llama eso, que sube y baja, como si el suelo estuviera arrugado, pero que no llega ni a colinas. El tren estaba un poco más alto, y en el fondo las montañas rompían el horizonte y se erigían —se siguen erigiendo, claro, no han ido a ninguna parte— grises, absolutas y milenarias como un centinela que vigila lo inútil y lo efímero de la civilización.
Fuera el cielo estaba gris y caía una llovizna suave, primaveral. El tren se detuvo en una estación: se abrieron las puertas y entró el aire húmedo y con olor a ozono. La luz era blanca y dispersa, y una neblina se levantaba entre las hondonadas —las arrugas que decíamos— de modo que, si no hubiera sido por las vías del tren, habría parecido un cuadro prerrafaelita.
Me quedé mirando por la ventanilla y ví los andenes, con su pintura desconchada, sus baldosas rotas y su techo de uralita. Vi el reloj de la estación y pensé en lo asombroso que es que todas las estaciones de tren del mundo desde hace dos siglos tengan un reloj prácticamente igual. Luego pensé en las estaciones de tren de alta velocidad, y cómo no tienen nada que ver con las estaciones sombrías y decimonónicas que me gustan. Todas las estaciones de tren deberían parecer hechas por Gustave Eiffel.
Cuando me he puesto de pie para bajarme en mi estación, una niña vestida de domingo —a pesar de que fuera sábado— con un vestido azul con vuelo, merceditas azules y una rebeca blanca me ha recordado algo fugazmente. La idea se ha ido tan pronto como había venido, pero tenía algo que ver con un sábado a las 12.27 de la mañana.
Aquí estoy. Sentado en el aeropuerto, esperando a que estalle la tormenta y empiecen los llantos y el crujir de dientes, el rasgar de vestiduras, el mesar de cabellos y toda suerte de lloriqueos y pataleos que corresponden cuando hay tormenta. La tormenta es figurada, pero no es necesario entrar en más detalle. Y se me ocurre pensar en la tensión esta, la de saber uno que viene la tormenta, verla formándose en el horizonte y mientras tanto estar haciendo sudokus -o escribiendo en el blog- porque no hay nada más que hacer.
Es una tensión que ocurre mucho en la vida. Saber lo inevitable es espantoso. Se sufre por adelantado, en riguroso directo y otra vez con las redifusiones. Se sufre mucho y de formas diversas. Primero, por anticipación: lo Inevitable va a ocurrir, va a ocurrir pronto, dice una voz en tu cabeza. Y te vas a dormir y ahí está, cacareando sobre lo Inevitable. Y te vas por ahí a tomarte un chisme, y dale con lo Inevitable. Es muy pesadita, la voz.
Pero por otro lado, la certeza de saber que viene la tormenta sirve para prepararnos emocionalmente. Las pocas veces que no la he sabido ver venir, la caída ha sido terrorífica. Espectacular, con llamas brotando del suelo, lluvias de azufre y los mares teñidos de sangre. Así que bien mirado, la tensión consume lo suyo de energía, y da tiempo a mentalizarse de lo que va a venir, que no lo hace menos malo pero sí más llevadero. Al fin y al cabo, sí estaría mal dejar de saber que es lo que va a pasar.
Y mientras, espero la tormenta.
El sábado me levanté a las ocho de la mañana y subí a la estación a recoger al Sr. A. y a la Sra. M. para irnos de excursión. El día estaba lloviznoso y gris, que es el clima ideal para la excursión que teníamos pensada: La Granja, Riofrío y Segovia. Un clásico del desierto, o en este caso, de la estepa castellana.
El Sr. A y la Sra. M son del Norte, y según empezabamos a subir el puerto empezaban con los comentarios socarrones acerca del concepto de montañas que tenemos en Castilla. Luego empezamos a subir la montaña de verdad y dejaron los comentarios socarrones al margen. El puerto de Navacerrada -o más concretamente las construcciones que lo rodean- me ha fascinado siempre. La arquitectura es de aquella época en la que No Podía Pasar Nada Malo©. Tienen regusto de resort alpino de bajo coste, con sus tejados que llegan hasta el suelo, sus fachadas de madera y sus paredes con granito a media altura y los ventanales para observar el frío helador del invierno mientras uno sorbe un reconfortante chocolate en los hipotéticos Alpes o una sopa castellana en la cruda realidad. Las Dos Castillas es un ejemplo abrumador de como, en determinado momento de la historia de este país, estábamos convencidos de que nos íbamos a convertir en Francia.

Fig. 1 – Dos simpáticos esquiadores se regocijan por haber elegido Cotos como el destino de su asueto invernal.
En La Granja, muy bonito. Está recién restaurado, en 2000, y está todo reluciente. Además, ahora, cuando te lo enseñan, te dicen qué es lo que hacía el Rey en cada cuarto: aquí se vestía, aquí comía, aquí hacía como que trabajaba… Muy bonito y muy antiguo todo. El tema es que la guía era maravillosa, y te explicaba las cosas de tal forma que conseguía darte envidia.
Riofrío es un capítulo aparte. Vale que es un palacio inconcluso, porque lo es, y vale que históricamente se le ha dado muy poco uso. Pero se restauró en 1960 y desde entonces no lo han vuelto a tocar, y está hecho un poco una pena. Que no costaba nada darle un poco de lustre y dejarlo no ya tan bonito como La Granja, pero la mitad por lo menos. Encima no ayudaba nada que el guía fuese un poco de carrerilla y tuviera poco aprecio por explicar nada. Entre que no vocalizaba, no se expresaba muy allá y le ponía tanto entusiasmo como yo al campeonato interescolar de futbito de Salamanca, era peor que verlo solo. Una pena.

Fig 2. – La reina Isabel de Farnesio que se construía un palacio cada vez que se peleaba con un hijastro.
Pero lo que de verdad fue una pena es cuando, terminada la visita al palacio, el buen hombre nos informa de que a continuación procederemos a ver el museo. ¿El museo? me preguntan mis convidados, y digo yo ¡cielos, el museo!, porque lo había olvidado por completo. Resulta que la restauración de Riofrío se hizo en los años 60 a instancias del Marqués de Lozoya, no porque sintiera un amor desmedido por los Reales Sitios sino porque quería montar un Museo de la Caza. Sí, de la Caza. Su concepto del Museo de la Caza eran unos dioramas espantosos de especies que ahora están protegidas y en peligro de extinción y que en la década de 1960 se consideraban caza. Al margen de que el concepto de diorama sea algo anacrónico y un tanto terrorífico, el ver unos osos pardos disecados en una vitrina no es mi idea de una divertida mañana de sábado. Yo no hacía más que decir «¡Qué horror, qué horror!» cada vez que veía un lince, un oso pardo o un lobo. Las palomas no me daban ninguna pena, se merecen todo lo que les pase, incluido ser disecadas, pero todos los demas animales me parecían un horror.
Comimos en Segovia, en la plaza de la Catedral, donde el Sr. A descubrió que del cochinillo no sólo no le gusta que le mire, sino que tampoco le gusta el sabor. Luego pasamos a la catedral, que ahora te cobran por entrar. Me parece muy bien que se busquen la vida para sacar dinero para mantener y restaurar la catedral, pero me preocupa el destino de las beatas segovianas, o de cualquiera que quiera entrar a la catedral por motivos más píos que el turismo. De ahí nos fuimos al Alcázar.

Fig 3. – Las cómodas y modernas escaleras de la torre de Juan II.
Intenté por todos los medios hacer comprender a mis compañeros de excursión que la torre de Juan II, la de los 152 escalones, no era una visita imprescindible. Decidieron subir, y como me parecía de mal gusto esperarles abajo, subí yo también. Para el que no lo conozca, sólo diré que cuando se compra la entrada hay un cartel que advierte que la subida a la torre se realiza bajo la sola responsabilidad del visitante. Eso de por sí es mala señal, pero la realidad es aún más dura. Son 152 escalones espantosamente altos, desgastados y tortuosos, por una escalera de caracol estrecha y sin barandilla por la que hay un tráfico constante de subida y de bajada. Espeluznante es poco. Arriba llegué sin aliento: cuando hubimos terminado de bajar, ya estaba al borde de la lipotimia. No ya por el ejercicio, que tampoco es para tanto, sino por el enorme estrés que produce subir y bajar esa escalerillita del demonio. No se lo recomiendo a nadie.
Estuvimos hasta las 21.30 por ahí tomando cosas, dando paseos, viendo acueducto y todo eso. Cuando llegamos a recoger el coche descubrimos con horror que el jardín del Alcázar estaba cerrado. Resulta que cierran a las ocho. La Sra. M tuvo que llamar a la puerta del Alcázar («Es la primera vez que llamo a la puerta de un castillo» declararía después). Vino el relevo, nos abrió la puerta y fuimos libres al fin.
Fue un día largo, por la noche hicimos más cosas, pero creo que este post ya ha quedado demasiado largo.
Es bonito llegar a las conclusiones que uno menos esperaba después de todo. Resulta que, de entre todas las ciudades del mundo que he visitado esta temporada en la que peor he comido ha sido en Bilbao. Yo me esperaba un restaurante fastuoso en cada esquina, que cada miserable tascorro tuviera cartas que hicieran volar mi imaginación gastronómica más allá de mis sueños más salvajes. Y la verdad, no. Que hemos comido bien, pues si. Pero me ha decepcionado.
En todo lo demás Bilbao me ha encantado. No había estado nunca y tiene algo que no había visto antes. Es una ciudad, porque lo es, porque es una ciudad con sus semáforos, sus autobuses, su metro, su gente de ciudad y sus cosas de ciudad. Pero están las montañas ahí mismo, encima. Estas en una punta, te asomas por una calle y se ve el otro lado. Se ven las montañas verdes con las casitas que bien podrían estar en mitad de la nada. Luego la ciudad tiene más cosa, claro, pero esa es la impresión que da. De ciudad con montañas verdes.
El viaje de vuelta ha sido por medios distintos y más lentos que lo originalmente planeado. Vamos, que el avión estaba lleno y me he tenido que comprar un billete de autobús. Cuando digo que tengo mucha suerte es porque la tengo, y es que cuando he ido a comprar el billete de autobús he comprado el último billete de autobús de Bilbao a Madrid. Cualquier pesimista pensaría que más suerte habría sido haber entrado en el avión, pero yo creo que todas las cosas suceden por algo, y y no debía subir a ese avión.
El autobús es un medio de transporte muy desagradable. Para las distancias cortas puede llegar a ser incluso tolerable, pero para cualquier trayecto de más de treinta minutos es sencillamente inaceptable. El espacio previsto en el autobús para una persona es tan escaso que en cualesquiera circunstancias por lo menos el 50% del pasaje va a ir con las rodillas hechas polvo y sin poderse mover más allá de lo necesario para respirar. A no ser que el autobús lo flete el bombero torero y su troupe de personas de estatura reducida. Yo, que en eso estoy, como en casi todo, muy por encima de la media, iba con las rodillas hincadas a la mitad del asiento delantero, el culo en vilo en un intento de mantener la espalda en una posición soportable y el codo de mi vecino de asiento clavado más o menos donde creo recordar que está el bazo.
Como era un bus de refuerzo —el bus «bueno» se lo llevaron los que, mucho más previsores, compraron su billete con antelación— el mío no disponía de ostentosos lujos tales como espacio para las piernas o auriculares. No obstante, la empresa ALSA velando por el libre acceso a la cultura de todos los ciudadanos, les guste o no, ha decidido proyectar igualmente dos películas con el volumen a toda pastilla. El primer plato del programa doble era una película de abogados con un montón de actores famosos. Como era moderna y sesuda tenía muchos silencios, así que no ha resultado tan incómodo. Lo peor ha sido la herejía que han puesto después. Han puesto Casablanca. Sí, ya sé, Casablanca no es una herejía. Pero el doblaje sí lo era. Era un doblaje contemporáneo. Digo yo, en pleno siglo XXI, con pantallas tipo Blade Runner en todos los accesos de Madrid, ¿no hay una forma de tratar el doblaje para que suene contemporáneo de la cinta doblada? ¿Tanto cuesta ponerle un filtro a la voz, bajar la velocidad de sampleado o o algo así? Total, que entre el volumen indiscriminado y que uno oye mucho más aquellas cosas que le molestan, he ido toda la segunda mitad escuchando frases sueltas de Casablanca en medio de la música de mi iPod. Ilsa-victor-laszlo-rick-fascismo-alemanes-francia-ocupada-siempre-tendremos-París. Sí, tendremos, porque es lo que dicen en el doblaje ese.
Qué decir tiene que han sido probablemente las cinco mejores horas de mi vida.